miércoles, julio 19, 2017

Zorrilla. Su vida y sus obras


La Casa de Zorrilla, del Ayuntamiento de Valladolid, tuvo la gentileza de enviarme esta monumental edición facsimilar de un clásico, el estudio biográfico de Narciso Alonso Cortés, Zorrilla. Su vida y sus obras (Valladolid, Imprenta Castellana, 1916-1920), conmemorativa del cuadragésimo quinto aniversario de la muerte de Alonso Cortés y el bicentenario del nacimiento de Zorrilla. La primera edición del libro apareció entre los años señalados en tres volúmenes; y en 1943, al cumplirse los cincuenta años del fallecimiento de Zorrilla, apareció una segunda edición también en Valladolid, en la Librería Santarén, en la que Alonso Cortés corrigió errores y amplió con nuevos datos y documentos su anterior entrega. De ese mismo año de 1943 fue la edición, también de Narciso Alonso Cortés, de las Obras completas del escritor vallisoletano en dos volúmenes. De estas vicisitudes editoriales, de la trayectoria intelectual de Alonso Cortés y del contenido de Zorrilla, su vida y sus obras nos habla el profesor de la Universidad de Burgos Pedro Ojeda Escudero en la «Introducción» (págs. XI-XXVII) a este tomazo de más de mil trescientas páginas, en la que también se constata la fortuna póstuma de Zorrilla hasta la actualidad. Pedro Ojeda publicó en 1994 junto a la profesora Irene Vallejo González el libro José Zorrilla. Bibliografía con motivo de un centenario (1893-1993), que muy sucintamente se actualiza hasta el año 2016 al final de esta introducción en la que quedan reseñadas las más importantes aportaciones editoriales desde la publicación en 1995 de las Actas del Congreso sobre José Zorrilla de 1993 hasta el rescate de un drama juvenil del autor, El condestable de Castilla, en edición de José Luis González Subías, de 2016. El diccionario define facsímil como la perfecta imitación o reproducción de un impreso; pero esto va más allá de la reproducción fiel de un ejemplar singular de una obra publicada por segunda vez en 1943, pues no solo hay que ponderar el estudio introductorio, sino los índices con los que se remata —utilísimos en un libro de mil doscientas páginas—: uno de nombres —más de dos mil—, otro de publicaciones periódicas y otro de títulos, elaborados todos por la ya citada profesora Irene Vallejo González. Insisto, esto no es solo una edición facsimilar. Por último, me gustaría mencionar un detalle que quizá no se aprecie a primera vista. Atribuyo el diseño de la cubierta a la firma RQR Comunicación que figura en la página de créditos y la autoría de esa especie de ideograma logradísimo que es un retrato de José Zorrilla y que se podrá apreciar mejor poniéndole al lado el más convencional. Excelente libro y excelente edición.


viernes, julio 14, 2017

Carta de Yuste

Conduzco carretera abajo a 39º en las curvas y a 120 km/h al sol, camino de casa, después de haber pasado día y poco entre el Monasterio de Yuste y Jarandilla de la Vera. Vuelvo del curso del Campus Yuste 2017 «El mundo de Carlos V: 500 años de protestantismo. El impacto de la reforma en la Europa imperial y actual», dirigido por César Chaparro Gómez y Rosa Martínez de Codes y organizado por la Fundación Academia Europea de Yuste (FAEY) en el marco de los XVIII Cursos de Verano-Otoño de la UEX. Acompañé ayer a Rosa Perales y a Javier Remedios en una mesa moderada por el codirector del curso sobre la imagen de Carlos V y de Lutero en el arte, el cine y la literatura. Fue a las cuatro de la tarde en uno de los sitios que los medios citaban en alerta roja con riesgo extremo por la ola de calor; y al finalizar el debate el sol me daba en el lomo y en todas mis escasas reflexiones. La audiencia, muy amable, nos felicitó por haber salido airosos y haber entretenido minutos tan férreos —al menos, logramos la variedad de mostrar imágenes fijas en lienzos clásicos, imágenes en movimiento de una selección de trozos de películas sobre el autor de las noventa y cinco tesis de Wittenberg de 1517, y algunas pocas palabras entresacadas de un corpus textual innumerable que estudiosos como Patrocinio Ríos Sánchez o Gregorio Torres Nebrera ya publicaron hace años. Aunque en esto de los elogios por cortesía hay que tener cautela, que hemos escuchado en público tildar de brillante lo que todo el mundo vio mate y falso. Entre esto lo mío, que, si no falso, falto del brillo de lo bien dicho. Me ha gustado mucho reencontrarme con Miguel Ángel Martín, delegado y responsable de asuntos europeos de la FAEY y mantenedor de estos atractivos cursos en los que participan estudiantes becados que copan las plazas que se ofrecen y participan activamente en los debates. No en vano el criterio de selección es la nota de sus expedientes académicos, que no baja de un ocho. Me ha gustado saludar a Juan Gil, latinista y académico de la RAE; y a Juan Carlos Moreno, director de la FAEY, y ponerle cara a Patrocinio Ríos, de cuya tesis doctoral sobre Lutero y los protestantes en la literatura española desde 1868 me he servido para poder sostener ciertos juicios, que espero, como dirían «Les Luthiers» —gracioso por lo de Lutero—, no haber expresado fuera del recipiente. El soporte técnico de un curso que se graba y difunde y su organización refuerzan su excelente nivel académico. En un receso, me he acercado a la tienda del Real Monasterio y he preguntado si tenían algún libro sobre el Cementerio Alemán de Yuste. El dependiente me ha dado Veintiséis olivos. Ficciones inspiradas en el Cementerio Alemán de Yuste (Jaraíz de la Vera, Tallertulia. Patio de Escritores, 2013), con un prólogo de Pilar Galán y las colaboraciones de trece autores —«en su mayoría procedentes de Talleres de Escritura dirigidos por Pilar Galán e Ignacio del Dedo», se lee en la cuarta de cubierta. No lo conocía y lo he comprado. He insistido y he preguntado si no han tenido el libro editado por Salvador Retana, Cementerio alemán, Yuste. Antología poética (Jaraíz de la Vera, Ediciones La Rosa Blanca, 2016). Y quien me atendía me ha respondido: «—No. Me parece que nos lo ofrecieron; pero no lo han cogido». He salido de allí con mi libro y con una rara sensación de extravío. Y he vuelto al curso.

lunes, julio 03, 2017

Colección particular de Juan Marsé


Cada vez que leo al «congestionado y con ojos de loco» no puedo evitar la carcajada. Es uno de los cuentos más desternillantes que conozco. Algo así como del chiste a la novela, como escribe Marsé en «Teniente Bravo y yo», que se publica como apéndice a este relato —«Teniente Bravo», claro— incluido en esta nueva edición de los cuentos de Juan Marsé, Colección particular, que esta pasada primavera ha sacado Lumen (Penguin Random House Grupo Editorial) con un prólogo de Ignacio Echevarría, responsable también de la edición de unos textos que ningún editor se cansaría de reeditar. Y ningún lector de releer. Qué gusto. Está compuesto este libro por tres partes, precedidas por el prólogo y cerradas por una «Nota sobre los textos» en la que se nos dice que la primera parte es la edición de los tres cuentos que conformaron la edición definitiva de Teniente Bravo —la de 1997—, con «Historia de detectives», «El fantasma del cine Roxy» y «Teniente Bravo»; la segunda es la que reúne cinco relatos que se cierran con lo que hace poco fue vendido como un libro exento e ilustrado, «Noticias felices en aviones de papel», y la tercera y última es como un añadido con el texto publicado por entregas en El País entre diciembre de 1988 y mayo de 1989 y que da título al volumen («Colección particular»), y una sugerente pieza hasta el momento inédita («Conócete a ti mismo, Fritz»), que vuelve a llevarnos desde Marsé a su mundo del cine, pues se trata de un esbozo argumental que surgió de una sugerencia del cineasta Fernando Trueba y que tiene la particularidad de que el escenario no es Barcelona. Esta edición de cuentos de Marsé, después de la indispensable de Enrique Turpin en dos «presentaciones» (en Espasa en 2002 y 2003), muestra, según lo que puede intuirse de las palabras de Ignacio Echevarría, la voluntad del autor en la inclusión de unos textos y la exclusión de otros —«por haber estimado su autor y los editores que no alcanzan la suficiente entidad como relatos». En cualquier caso, vuelve a ser un motivo para fijarse en la mirada de un escritor sobre su propia obra. Y la mirada de Marsé sobre lo propio siempre es especial, y un filón para un filólogo que quiera detenerse en el cuerpo vivo de esa prosa. Una de las prosas más sugerentes de los escritores vivos, o, como escribe Echevarría, la de «el mejor narrador que ha dado la literatura española en muchas décadas». 

domingo, julio 02, 2017

La Judía de Toledo

En el mismo escenario de anoche —la Plaza de San Jorge recuperada por fin para el Festival de Teatro Clásico de Cáceres— vi hace veintiséis años —era la segunda edición del Festival— la Raquel de García de la Huerta en una versión de Jorge Márquez —ya me vale, que no he terminado de leer su singular novela Trienios. Diario y bestiario de un funcionario (De la luna libros, 2016). Ayer asistimos a un precedente de aquella Raquel —una de las mejores tragedias del siglo XVIII—, la pieza de Lope de Vega Las paces de los Reyes y Judía de Toledo, versionada y dirigida por Laila Ripoll y puesta en escena por la Compañía Nacional de Teatro Clásico en coproducción con Micomicón Teatro. Echo mano de mi poca experiencia como espectador y enlazo un texto con otro por la nutrida tradición de la historia de los amores del rey Alfonso VIII y la judía Raquel, que no solo ha dado obras teatrales, sino poemas y novelas. Por eso, recurrir al inicio del montaje de ayer al recurrido No-Do con imágenes de Francisco Franco como representación del poder me pareció, cuando menos, superficialmente cándido. Ahora lo veo: qué bueno habría sido mostrar aquel gesto sin precedentes: «Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir» del Rey Emérito Juan Carlos I que mientras pedía disculpas aseguraba estar deseando volver a trabajar. Habría venido al pelo en una obra en la que se trata de la dejación del poder de un monarca por un amorío. Lo peor es que en la obra de Lope de Vega al amorío se le asesina y el rey se arrepiente y queda exento. (Cosas literarias, nada que ver con la realidad). Y lo peor es que la interpretación del texto de Las paces de los Reyes y Judía de Toledo ha sido un desastre. Hacía tiempo que no veía tan pocos atractivos en un montaje teatral. El más imponente atractivo fue el marco escénico, que lo puso Cáceres con su plaza de San Jorge, y luego, en este orden, el envolvente sonido de los pocos recursos musicales de la obra. Sin embargo, para la palabra de los actores fue todo rácano, hasta el final —quizá hubo algún problema técnico—, cuando al público nos llegó con nitidez todo lo dicho. Pero todo lo dicho por los actores fue como si fuese un ensayo general y poco serio, sin desbastar, con una dicción monótona, rígida, de malos intérpretes sin entusiasmo, nada natural, y como si estuviesen delante de un público —lo saben— nada exigente. Eso sí, me alegra que ese público tan poco exigente manifestase con sus aplausos tibieza tanta. Eso me pareció. Y me pareció así porque lo que vimos ayer no tuvo la calidad que merece una compañía con tanto nombre como la CNTC y su partícipe Micomicón. Sin duda, como era lógico, prescindieron del primer acto de la obra de Lope, y todo se centró en Alfonso VIII y su conflicto entre deber y deseo, resuelto sin sustancia —también en el texto de partida—; pero casi nada funcionó, ni el ritmo ni la convicción de los actores. La del público, lo dicho. El poco entusiasmo —estimo— de sus aplausos despidió a la Plaza de San Jorge hasta nueva cita, un día antes de la despedida, hoy, con La Celestina de  Atalaya, que me pierdo. Lástima por lo uno y por lo otro.