lunes, noviembre 20, 2017

13 + 5 = 18. Incunables en la Biblioteca Pública de Cáceres


Todos los años una sesión de dos horas de mis clases de Fuentes para el Estudio de la Literatura Española se traslada a la Sala «Vicente Paredes» de la Biblioteca Pública «A. Rodríguez-Moñino/María Brey» de Cáceres. El pasado martes estuvimos allí Guadalupe Nieto y yo con un grupo de ocho estudiantes —seis del Programa Erasmus—, para disfrutar de las explicaciones de Teresa Gómez Pérez, del cuerpo técnico superior facultativo de la Biblioteca Pública, y de la contemplación de piezas muy valiosas del rico fondo antiguo de esa biblioteca. Presididos didácticamente por un ejemplar del facsímile de la Biblia de 42 líneas de Gutenberg, pudimos ver algunos de los trece incunables que se conservan allí, como las Antigüedades Romanas, de Dionisio de Halicarnaso (Venecia, 1498). Gracias a Teresa, supimos de primera mano que se han catalogado cinco nuevos incunables del fondo y que hoy ella impartirá una conferencia para darlos a conocer. Un hallazgo muy importante y un privilegio estar tan cerca. Enhorabuena.

jueves, noviembre 16, 2017

viernes, noviembre 10, 2017

Día de las Librerías


Ayer me adelanté a la celebración del Día de las Librerías. Anduve varios kilómetros y logré convertir un recado —recoger unos papeles— en una caminata con el mismo aire deportivo que cuando subo solo a la Montaña —chubasquero, zapatillas y auriculares por los que me llegaban las palabras del escritor Jordi Puntí sobre su reciente libro Esto no es América (Anagrama), con nueve cuentos que también han aparecido en edición catalana, Això no és Amèrica (Empúries). O al revés, no sé—. A la vuelta, y de la misma guisa, entré en la librería «El Buscón», que es en la que siempre encuentro más novedades que me interesan y la más plural de todas las de esta ciudad en fondo editorial. Con Antonio, el librero, siempre hay conversación. Sobre los dos títulos de Juan Cárdenas que ha publicado este año Periférica. Mi duda era si el último es Zumbido —ya sé que es reedición— o El diablo de las provincias. Me llevé ambos. Jorge Barriuso, que dedicó a esta última novela no hace mucho su «Barriupedia» de Radio 3, me dijo el miércoles que le ponía más hablar de libros en cuyos créditos aparezca Cáceres o Cuenca que no Madrid o Barcelona. O la Isla de San Borondón, que él conoce como sede de Ediciones Liliputienses. Tarde dromomaníaca en la que crucé pasos de cebra con semáforos, transité por aceras deterioradas, esquivé vallas de obras, y dejé pasar una esquina tras otra; e imaginé en una de ellas —ahora no sé si lo vi o lo leí— a una mujer que toma las manos de su acompañante, hace el gesto de apretar los labios para afanarse en algo, y agita las suyas como quien da golpes suaves al corcho de una botella de vino —blanco y algo dulce. Eso fue ayer; hoy solo he pasado por el escaparate de otra librería sin pararme. Al fin y al cabo, uno no necesita ningún día de celebración para lo que forma parte de su vida. A esta hora, sigue siendo el Día de las Librerías.

domingo, noviembre 05, 2017

Jordi Gracia en Letras



Macondo


Yo no sé cuántas ciudades de este mundo nuestro tienen un callejero en el que se concentren en un barrio residencial moderno, por voluntad de sus promotores, nombres que aludan al entorno de una sola novela. En Cáceres hay una zona residencial que se llama «Macondo», con su parque del mismo nombre, su calle «Gabo», su calle «Paraíso Terrenal» y su calle «Cien años de soledad», como referencias genéricas. El resto está rotulado con los siguientes nombres: «Aureliano Segundo», «Padre Nicanor», «José Arcadio Buendía», «Coronel Arcadio Buendía», «Francisco el Hombre», «Pilar Ternera» y «Dr. Alirio Noguera». Ahí es nada. Tengo amigos y conocidos que viven en esas calles. Aunque solo fuese por eso, podrían acercarse el miércoles a la conversación pública hasta completar aforo que vamos a tener en el Instituto de Lenguas Modernas de Cáceres —desde las 19:00 horas— sobre Cien años de soledad. Participarán, moderados por mi compañero Ignacio Úzquiza González, profesor de Literatura Hispanoamericana en la UEX, estos cuantos lectores de la novela de García Márquez: Jordi Gracia, Juan Domingo Fernández, Jorge Barriuso y Gonzalo Hidalgo Bayal. Organiza la Fundación Europea e Iberoamericana de Yuste.

miércoles, noviembre 01, 2017

El silencio de los muertos


Día de difuntos. He leído, tomando una cerveza, solo, en la plaza más bonita de Cáceres, los dos periódicos que compro desde hace décadas —el Hoy y El País. Salvo la corrección social de saludar y hablar de lo consuetudinario con los camareros conocidos y con un matrimonio amigo que disfrutaba del mismo momento en la misma plaza y en otro sitio, no he hablado con nadie en todo lo que va del día. Pan y prensa. Ahora como solo en la cocina, mientras suena en el aparato de radio un poema sinfónico del compositor libanés Bechara El Khoury —que no hay que confundir con el mandatario de allí— que han programado en La hora azul, de Radio Clásica —tengo pendiente escribir aquí que vengo notando que en esta emisora hay cada vez más palabras y menos música; no sé— y que me tomo como un cambio de plano de la altisonancia del boletín informativo a esta calma del día de los muertos. Estos, los muertos, son, en buena medida y en cierto modo los culpables de que yo hoy esté solo. Una situación habitual que vivo sin disgusto. Vaya esto por delante y por detrás. He comido un pescado al horno que tiene el mismo nombre con distinta grafía que aquel extraordinario cuento de Juan Rulfo de El llano en llamas. Sus tres sílabas, sus mismas vocales en el mismo orden, como la palabra música, como subida, como rutina. En ese cuento el hombre que habla dice del lugar que se llama Luvina que es muy triste: «Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque es oprimente como una gran cataplasma sobre la viva carne del corazón.» Es un cuento maravilloso que el otro día recomendó Miguel Díez en una entrevista en la que promocionaba su libro Cómo enseñar a leer en clase. Memorias de un viejo profesor (Reino de Cordelia, 2017) y en la que también recordó otro extraordinario cuento de su hermano Luis Mateo Díez, «Brasas de agosto». En él, el personaje se autorretrata con esa frase de «el repetido trance de verme embarcado siempre en algo ajeno que me acabe involucrando más allá de lo debido». A veces he pensado en eso cuando no he sabido decir que no a una proposición de trabajo, a un encargo; y también he pensado en las veces que no me he involucrado en lo prójimo más de lo debido, y defraudar, como tantas veces me ha ocurrido. No es malo este silencio de los muertos si sirve para sentir, entre estas cuatro paredes de la conciencia, el eco de mi firme voluntad de no hacer daño a nadie.

sábado, octubre 28, 2017

Madrid en tiempos de Francisco Aguilar Piñal

Fue lamentable, la verdad. La fotografía que tomé en el acto de Madrid el pasado jueves 26 lo dice todo. Joaquín Álvarez Barrientos, presidente de la Sociedad Española de Estudios del Siglo XVIII, y Francisco Aguilar Piñal en la mesa, sin acompañamiento de ninguna autoridad del Ayuntamiento de Madrid, en la Casa de la Villa —en el Patio de Cristales de ese antiguo edificio coronado por los bustos de personajes como Lope de Vega o Calderón de la Barca —, en donde se convocó la presentación del monumental libro en cuatro volúmenes Madrid en tiempos del «mejor alcalde». Allí estábamos, una de sus hijas, su familia, su editor, buena parte de la junta directiva de la SEESXVIII y algunos amigos y compañeros, como Pilar Martínez Olmo, la directora de la Biblioteca Tomás Navarro Tomás del Centro de Ciencias Humanas y Sociales, del CSIC en donde tantos años, en su sede de la calle Medinaceli —ahora en Albasanz—, cuando era Instituto «Miguel de Cervantes» y más, trabajó Aguilar Piñal en su impagable Bibliografía de Autores Españoles del Siglo XVIII (1981-2001). Después de la presentación de Álvarez Barrientos, en la que destacó la importancia de la obra de Aguilar Piñal, el homenajeado leyó un texto que había preparado para que lo escuchase la alcaldesa de Madrid —que había anunciado su asistencia—, en el que dio datos de la importancia de la capital en el siglo XVIII, y, sobre todo, en los años del reinado de Carlos III —1759-1788—, sobre el número de sus gentes, sobre su alimentación, su abastecimiento, su actividad teatral y de ocio —botillerías, mesones, prostíbulos—, y sobre cómo deberían corregir los folletos turísticos que muestran un «Madrid de los Austrias» que debería ser el «Madrid de los Borbones» si se quiere ser riguroso con los hechos, los monumentos y las fechas. Francisco Aguilar Piñal, «Paco», leyó su texto muy emocionado —su esposa Margarita falleció hace unas semanas— y nos encogió el corazón en varios momentos de su discurso —cuando aludió a Cataluña, a que este libro era el final de su trayectoria, y cuando se detuvo para decir que es duro hacerse viejo. Por eso fue tan desagradable que este investigador, este estudioso del Madrid dieciochesco al que le han publicado su libro en Sant Cugat (Editorial Arpegio), estuviese tan desasistido de apoyo institucional en la ciudad en la que vive y ha trabajado toda su vida. Fue lamentable, la verdad, y una satisfacción estar allí, acompañándole.

martes, octubre 24, 2017

Sintra


Hacía más de veinte años que no volvía por allí. Y sigue siendo un sitio bonito para ir. Para ir y para volver. O ir y volver desde una ciudad con más vida a partir de las siete de la tarde, cuando se queda casi vacía, las tiendas cierran y en los bares no hay casi nadie, y menos, tomando una cerveza. Ir y volver desde, por ejemplo, Lisboa. Y me he acordado del poema de Fernando Pessoa y de aquello de «Vou a passar a noite a Sintra por não poder passá-la em Lisboa / Mas, quando chegar a Sintra, terei pena de não ter ficado em Lisboa». También me acordé de esos versos de Álvaro de Campos conduciendo, claro, por la carretera de Sintra hacia Mafra en un viaje frustrado por un horario intransigente para ver la grandiosa biblioteca del Palacio Nacional. «Yo, el conductor del automóvil prestado, o el automóvil prestado que conduzco? / En la carretera de Sintra al luar, en la tristeza, ante los campos y la noche, / mientras conduzco desconsoladamente el Chevrolet prestado, / me pierdo en la carretera futura, me sumo en la distancia que alcanzo, / y con un deseo terrible, súbito, violento, inconcebible, / acelero... / Pero mi corazón quedó en el montón de piedras del que desvié al verlo sin verlo, / junto a la puerta de la casucha,/ mi corazón vacío, / mi corazón insatisfecho, / mi corazón más humano que yo, más exacto que la vida. / En la carretera de Sintra, al filo de la medianoche, al luar, al volante, / en la carretera de Sintra, qué cansancio de la propia imaginación, / en la carretera de Sintra, cada vez más cerca de Sintra, / en la carretera de Sintra, cada vez menos cerca de mí...» (Traducción de Ángel Campos Pámpano). El sábado, en los medios, un asunto principal: la mala gestión de los incendios del domingo 15 de octubre. El primer ministro António Costa y su discurso en la televisión por la noche. «Governo não mobilizou todos os meios no dia mais perigoso do ano», titulaba Expresso, que traía un informe sobre todo lo que falló en Pedrógão Grande (hasta treinta ítems). Tristeza. Y alegría también por volver a Portugal, a sentir la amabilidad y dulzura de su gente, por pasear por primera vez por un lugar que no era visitable cuando yo estuve en Sintra hace más de veinte años, la maravillosa Quinta da Regaleira que su rico propietario Augusto Carvalho Monteiro —también bibliófilo y filántropo— ideó con el arquitecto Luigi Manini a comienzos del siglo XX. Merece la pena acercarse —andando desde el centro de Sintra— a ese lugar imponente.

viernes, octubre 20, 2017

La salud de los literatos


Hace muchos años escuché decir a un poeta que presentaba a otro aquí en Cáceres que «El principal músculo del escritor, el que más se ejercita, es el pompis». Aparte eufemismo tan cursi, habría cabido añadir que es el que más se «ejercita» en actitud pasiva, sedente. Me he acordado de esto al leer la traducción que hizo un médico aragonés, Alejandro Ortiz y Márquez, condiscípulo de Goya en las Escuelas Pías de Zaragoza, y de quien tomé nota después de leer un libro que me enviaron para reseñar, de un tratadito del médico suizo Tissot, el que escribió la disertación L'Onanisme (1769), en la que decía que la masturbación, al incrementar la presión sanguínea en la cabeza, conducía a la locura, y, a veces, a la muerte. Samuel-Auguste Tissot, cuando tomó posesión de su cátedra de Medicina en Lausanne, pronunció en latín un discurso que tenía por objeto la conservación de los literatos. En la traducción de 1771 del médico aragonés leemos: «Dos son las principales fuentes de donde nacen las enfermedades de los literatos: el trabajo continuo del alma, y el perpetuo descanso del cuerpo» (pág. 1). Yo —literato en el sentido dieciochesco del término, de uno que escribe sobre lo que sea en su blog— me esfuerzo en fomentar —reconozco— lo primero y en mitigar lo segundo. Por eso, y aun así, en dicho orden, caigo enfermo. Pero tengo la firme voluntad de reponerme, como sería la de aquel Alejandro Ortiz y Márquez cuando llevó a la «Advertencia» de la última página de su libro lo siguiente: «Mr. Tissot acaba de honrarme con carta suya, su fecha de 3 de mayo, y en virtud de su contenido, he resuelto diferir la publicación de algunos obras del mismo autor que tengo traducidas, con el fin de presentarlas al público en otro grado de perfección» (pág. 160). Qué le diría. Lo que me diría un médico si fuese a su consulta. Mal, muy mal...

martes, octubre 17, 2017

Susana Szwarc en Cáceres


La escritora argentina Susana Szwarc (Quitilipi, Chaco, Argentina 1954) participará en Cáceres este viernes 20 (20:00 horas), en la librería Psicopompo, junto a Elena Román y a Carmen Hernández Zurbano, en un encuentro bajo el título de Los poetas no son gente de fiar, que es el de la revista microscópica de poesía editada por Ediciones Liliputienses, sello en el que las tres autoras han publicado sus textos. El jueves 19, a las 13:00 horas hará una lectura de sus poemas y microrrelatos en la Facultad de Filosofía y Letras —aula 32— y dar a conocer su obra entre los estudiantes universitarios.  Susana Szwarc es autora de numerosos libros de poesía y de narrativa. El artista del sueño y otros cuentos (Tres Tiempos, 1981); En lo separado, poesía (Último Reino, 1988): Trenzas, novela (Legasa, 1991); Bailen las estepas, poesía (De la Flor 1999), editado también en España por Ediciones Liliputienses; Bárbara dice, poesía (Alción, 2004); El azar cruje, cuentos (Catálogos, 2006); Una felicidad liviana, cuentos (Ediciones Ross, 2007); Aves de Paso (Ed. Cilc, 2009); La mesa roja (Desde la gente, Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, 2012); El ojo de Celan, poesía (Alción, 2013), entre otros. Desde 1985 coordina seminarios y talleres de lectura y escritura en diversas instituciones públicas y privadas, entre ellos, los del Plan de Lectura de la Secretaría de Cultura de la Nación fundado por Hebe Clementi, de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, Escuela Normal Nº4 de la Ciudad de Buenos Aires, Museo Ricardo Rojas, UBA, Bibliotecas Populares de todo el país; en diversas instituciones de las provincias argentinas (Chaco; Catamarca; Tucumán; Santa Cruz, etc.); Casa de América en Madrid, España; entre otros. Ha recibido diversos premios entre los que se destacan el Primer Premio Nacional Iniciación de Poesía (1987), el Premio Unesco (Buenos Aires, 1984), Premio Antorchas a la Creación Artística (1990), Premio Regional de Novela correspondiente al NEA-Litoral otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación(1993), Primer Premio en el II Concurso Literario XICOATL en la Categoría Cuento, (Salzburgo, Austria, 1994); Tercer Premio en el Concurso Fundación Inca en la categoría Narrativa breve (1995); Premio Único de Poesía de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires (1998), Mención en el Concurso Internacional de Cuentos Julio Cortázar (2003).

lunes, octubre 16, 2017

3 x 3


domingo, octubre 15, 2017

Retalillos


Tengo anotado que Meléndez Valdés escribió en octubre de 1815 que «el modo mejor de responder, así a los elogios como a las críticas, es el de esmerarse en los trabajos, fijos siempre los ojos en la posteridad, que nada disimula». Me gustaría escribir un texto contenido —que no sea demasiado sentimental— sobre el hueco que dejan las personas que se van definitivamente. Vamos, que se mueren. Vivimos con esos agujeros como si fuese una tarea que tenemos que llevar hasta el final de nuestros días. Es un legado obligado que se convierte finalmente en algo placentero, contradictoriamente; porque alguien nos ha confiado la preservación de su recuerdo. Y nos gusta recordar y revivir. También tengo anotada una palabra a la que le amputé una vocal intermedia para expresar ese vacío: «elgía». Algo así como un texto con el que expresar ese hueco que deja la persona que se va. Lo puse junto al apunte del enlace de una sentida necrología de Manuel Vicent sobre un amigo muerto joven. Más: mi compañero I vino a mi despacho un lunes, que es el día que yo escucho saludos alusivos a los resultados de la jornada de fútbol que comienza el sábado y concluye el domingo. Mi amigo no vino a verme para eso, y tampoco para hablar de los graves acontecimientos ocurridos en Cataluña el 1-O; ni de la porra de medir que determinadas fuerzas utilizaron por la mañana y no utilizaron por la tarde. Me disculpé con él por no dejar de teclear lo que estaba haciendo. «—Es algo mecánico, no te preocupes; te escucho», le dije cuando él iba a levantarse para no molestarme y volver en otro momento. Se quedó y me habló de lo que le gustó lo que había leído de Juan Goytisolo sobre La Celestina en un prólogo de una edición conmemorativa del V Centenario publicada por el Museo de la Puebla de Montalbán con ilustraciones de Teo Puebla que me dejó en fotocopias encima de la mesa y que he leído con el gusto de siempre. Así, sin comas. Y más: al bajar del paseo el otro día, ya de noche, vi a una chica que subía y sostenía su móvil sonriente antes de que al otro lado alguien atendiese. Ella, radiante, esperaba que le contestase la persona a la que llamaba. Lo que me llamó la atención fue su semblante. Más cerca ya, alguien tuvo que responder, y ella, más alegre aún, dijo: «—Que tengo trabajo». Se refería —fue suficiente el contexto— a que había conseguido el puesto que había solicitado. Me pareció guapa desde lejos. Al pasar a su lado y escuchar su satisfacción, ya era una belleza.

jueves, octubre 05, 2017

Javier Sánchez Menéndez en Cáceres


Creo que no es la primera vez que participo en la presentación de dos libros en el mismo acto. Hace ya bastantes años —la friolera de dieciocho—, en una galería de arte de aquí, de Cáceres, presenté el libro La voz en espiral (1998), de Ángel Campos Pámpano, y el libro de artista El cielo sobre Berlín (1999), de Luis Costillo, con textos del mismo Á. C. P. Y recuerdo que de manera inevitable, aunque los dos libros tenían motivaciones distintas, relacioné ambos y evité hablar de los dos títulos en su orden, como si se tratase de una presentación en dos partes. Algo parecido me gustaría hacer mañana en la Biblioteca Pública, en el Aula de la Palabra de la Asociación Cultural «Norbanova», una presentación o dos propuestas de lectura fundidas en una, pues no en vano estamos hablando de un mismo autor, de un mismo pensamiento literario, y de formas parecidas, bastante cercanas, de expresarlo: el aforismo y el poema, casi aforístico a veces. Tomo del blog de Norbanova esta sucinta nota del escritor: Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964) es autor de los poemarios Motivos (1983), El violín mojado (1991 y 2013), Introducción y detalles (1991), Última cordura (1993), La muerte oculta (1996 y 2014), Una aproximación al desconcierto (2011) y El baile del diablo (2017). Como ensayista destaca su proyecto Fábula, un conjunto de diez libros sobre la vida en la poesía, de los que ya han sido publicados La vida alrededor (2010), Teoría de las inclinaciones (2012), Libre de la tormenta (2013), Mediodía en Kensington Park (2015) y Confuso laberinto (2016), además de El libro de los indolentes (2016)Es autor de dos libros de aforismos: Artilugios (2017) y La alegría de lo imperfecto (2017).

domingo, octubre 01, 2017

1-O

El 23-F es una fecha; pero el 1-O a mí me parece más el marcador de un ajustado resultado de un partido de fútbol. Tienen en común la trampa y la torpeza; y una forma presuntuosa y fanática de estar en el mundo, sin respetar lo que piensa la gente. Eso sí, la gente tiene una impresionante capacidad para dejarse llevar por una volubilidad que da la razón a los manipuladores, a los piratas. Y eso, qué razón tenía el almirante Ackbar cuando exclamaba lo del meme. Me meriendo la estupidez y la revuelvo con un poco de displicencia y la tranquilidad del que disuelve su galleta en el vaso de leche. Después de un día histórico, en el que he vuelto a constatar que las televisiones nacionales que pagamos todos son embusteras, he encontrado una isla —la verdad, de un instante solo— en un programa de televisión sobre unos tipos encerrados en un sitio independiente; tanto que se corrompen en su propia estupidez. Qué cosas. Ya nos ocuparemos todos poco a poco en poner orden a todo esto.

martes, septiembre 26, 2017

Demagogias


Yo ahora no tengo mucho tiempo para buscar si alguien ha escrito algo sobre este libro. Espero que sí, que alguien haya escrito algo. Me da igual. Bueno, no; lamentaría que no hubiese tenido ningún eco. Lo que quiero escribir aquí es una nota sobre mi lectura, que comenzó por celebrar la composición de un índice [págs. 9-10] a la usanza lógica de los buenos índices, con mención de texto y página, y no solo de capítulos o secciones; y también celebrar el lema con el que empieza todo: «Vivimos en el umbral de la proeza». Esto me puso ya en la buena disposición de estar ante alguien que se divierte con la escritura. Ese lema se desparrama en cinco líneas de uno de los fragmentitos de la segunda sección de esta obra, «Diario ínfimo»: «Vivimos en el umbral de la proeza, a intervalos nubosos, esperando a que las ganas críen pelos, derribados a la deriva, inmersos en el debate con el que se quiere abrir el debate, hechos unos spamtapájaros como si dijésemos otra tuerca de vuelta de otra vuelta de tuerca a la que se le hubiera ido el santo al suelo» (pág. 35). Este juego verbal me cautiva, cautiva a alguien que tiene a Julián Ríos en un pedestal. Qué decir de «El cuento», un texto de diez líneas que está en la última parte del libro y más magra, «Material incautado» se titula, y que me ha recordado que tengo que publicar una nota sobre lo que uno lee y lo que uno escribe, sobre ese juego que Carlos Reymán Güera propone en su texto. «Libros de Mesa» es el nombre del sello editorial que ha publicado Demagogias. Es curioso, porque esta obra es un libro de cajón. Un libro compuesto con los papeles acumulados —supongo que durante unos cuantos años— en el cajón de la mesa del escritor. Como tal, es una manera de conocer el trabajo de un letraherido muy de cerca.  Libros así, creo, muestran mucho más evidentes las pulsiones y necesidades de un autor; mucho mejor que cualquier obra convencional en la que se opta por un relato extradiegético. Qué bueno habría sido un índice onomástico. O no más que decir. Demagogias es, al menos, varios libros: de aforismos, de poemas, de relatos, de notas de diario... Incluso es un libro con proyectos de libros (pág. 206, y nota). Esa es su enjundia. La de ese cuaderno en el que se va anotando todo lo que constituye la vida literaria —la íntima, en el mejor de los sentidos— de un individuo que es lector, que es padre de familia, trabajador, amante, dueño de un perro... Demagogias está lleno de hallazgos; aunque más de la necesidad de un hallazgo, y se nota en la insistente búsqueda de un chiste, de un juego, de una «tuerca de vuelta» que por momentos se impone al gusto por el estilo, a la depuración formal. A pesar del carácter múltiple con el que ha nacido este libro, tiene su lógica estructural, que parte de un sueño y acaba en los propios sueños de quien escribe. Y escribe bien. Este libro es más que recomendable. Durante el transcurso desde que empecé a escribir esta nota de mi lectura de Demagogias he leído unas líneas de Eduardo Moga en su blog sobre libros imperfectos pero prometedores, «libros irregulares pero enérgicos, preñados de una reconstituyente creencia en la verdad de la literatura», como este de Carlos Reymán Güera. Otro hallazgo.

domingo, septiembre 17, 2017

H. Beck

Humberto Beck es un escritor mexicano que trabaja en la Universidad de Boston y en la que ha estudiado la historia intelectual europea del siglo XX. Es autor del libro Otra modernidad es posible. El pensamiento de Iván Illich (Malpaso Ediciones, 2017). Ayer sábado, La Vanguardia llenaba su última página con una entrevista hecha por Ima Sanchís en la que el profesor hablaba del sacerdote católico austriaco Iván Illich, que es objeto de su estudio y que concibió nuevos modos de organizar la sociedad basados en la educación y en la igualdad. A la pregunta de la periodista sobre qué alternativa proponía Illich, el autor responde: «Proveer a todo el mundo de las herramientas para que pueda aprender cualquier conocimiento de la manera y al ritmo que cada quien se proponga. El modelo sería la biblioteca pública». Al leer esto ayer mientras regresaba de Barcelona he revivido la plácida sensación que volví a tener el pasado martes cuando, para constatar un dato, pasé tan solo unos minutos en la Biblioteca Pública de Cáceres, que lleva los nombres del ilustre matrimonio «A. Rodríguez-Moñino/María Brey». No es solo el silencio o la actitud de los lectores, ni siquiera la supuesta avidez de quienes esperan en la puerta desde varios minutos antes de la apertura de la biblioteca para leer la prensa diaria; es, más bien, lo que dice Beck que dijo Illich, es esa conciencia de que esa especie de templo del saber es una herramienta utilísima para vivir y para ser un ciudadano ejemplar. Es un lugar de trabajo para muchos; pero también un lugar de ocio para tantos que podría decirse que habrá un tiempo en que se convierta en asilo, en bar, en balneario, en ágora de más importancia que un parlamento.

martes, septiembre 12, 2017

Emilio Palacios


Esta mañana me ha escrito Joaquín Álvarez Barrientos, presidente de la Sociedad Española de Estudios del Siglo XVIII, para comunicarme la triste noticia de la muerte de Emilio Palacios Fernández, el que fuera Catedrático Emérito de la Universidad Complutense, compañero dieciochista, colega cercano, natural de Elciego, en la Rioja alavesa, en donde nació en 1944. Joaquín me ha enviado también el primer borrador de una necrología que publicaremos en el número de este año de Cuadernos dieciochistas, cuya parte monográfica irá dedicada al ilustrado a quien tantas páginas ofreció Emilio, al escritor y magistrado extremeño Juan Meléndez Valdés, y que incluirá la reedición de un trabajo suyo que, por razones de enfermedad, no le pudimos pedir personalmente. En noviembre de 2011 se le rindió un homenaje en Madrid promovido por la Fundación Universitaria Española  y la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País con motivo de la publicación de Para Emilio Palacios Fernández. 26 estudios sobre el siglo XVIII español, el libro que estas dos instituciones, en edición al cuidado de Joaquín Álvarez Barrientos y Jerónimo Herrera Navarro, publicaron ese año 2011. Su tesis doctoral fue sobre Félix Mª de Samaniego, a quien editó en varias ocasiones, trabajó sobre la poesía y el teatro españoles del siglo XVIII y fue editor también de las obras completas de Meléndez Valdés. Trabajó incansablemente, como lo atestigua su extensísimo currículum y como él mismo me escribía en una carta del año 2000 que comenzaba con «Hace tiempo que no sé nada de ti. Algo tramas en silencio» y que acompañaba a unas copias de varios artículos suyos («Como ves no sirvo más que para trabajar»). Dispuesto siempre a ayudarme cuando le pedía algún dato o referencia de algún trabajo, Emilio era un amante de la comida y buen conocedor del mundo del vino, que le servía también para estar conectado con sus raíces. Después de una de sus visitas a Cáceres, me escribió en noviembre de 1997: «gozo con la prolongación de Extremadura en Madrid en forma de chorizo, queso o licor de bellota». Me entristeció mucho saber que estaba enfermo y me apena profundamente saber ahora que ha muerto.

sábado, septiembre 09, 2017

Fernando Dacosta


El miércoles recibí un correo electrónico con la notificación de que en mi Facultad se leía el jueves 7 una tesis doctoral dirigida por mis colegas Iolanda Ogando y Enrique Santos Unamuno, de un tal Fernando Dacosta Pérez. Su título: 25 años de teatro universitario gallego. Las aulas de teatro universitarias de Galicia (1990-2015). Ocupado en varios asuntos, pensé por momentos en pasarme por el aula polivalente para saludar a los directores, mis amigos, porque siempre gusta compartir un acto así. Pasé, sí, y vi a Iolanda, sola, sin Enrique —luego supe que estaba con su hijo Duarte, en pleno procés d'adaptació a la guardería—; pero no me paré. Hasta que, al preparar todo para marcharme ya a última hora de la mañana, relacioné un nombre con un asunto: Fernando Dacosta y las aulas universitarias de teatro. ¿Sería el mismo Fernando Dacosta que yo conocí con Isidro Timón cuando remontamos el Aula de Teatro de la Universidad de Extremadura en 1993? Era. Claro que era. El mismo. Todo cuadraba. Iolanda, que había estado vinculada al teatro universitario y había sido dirigida por Fernando Dacosta, ahora le dirigía la tesis a quien años antes le había formado en el arte escénico. Fue un encuentro muy grato, después de tantos años. Una sorpresa estupenda. Recordamos nombres y montajes. En diez años, desde 1993, que yo recuerde, montamos textos como la Farsa y licencia de la reina castiza, de Valle-Inclán; El andamio, de Miguel Barro; Una semana en Miami, de Miguel Murillo; El relevo, de Gabriel Celaya; La extraña noche de bodas, de Edgar Neville; Rebelión en la granja, de George Orwell; El Diablo Mundo, de Espronceda; Los habitantes de la casa deshabitada, de Enrique Jardiel Poncela; El vergonzoso en Palacio, de Tirso de Molina; y La enamorada del rey, de Valle-Inclán. Y celebramos varias ediciones de muestras de teatro universitario en las que uno de los grupos que siempre participaba —y de los más solventes— era el dirigido por Fernando, el Aula de Teatro de la Universidad de Ourense, a quienes también visitamos en un intercambio nutriente y en el que también participó la actriz y directora Asun Mieres. El curriculum de Fernando le avala. Encontrarlo en mi Facultad después de tanto tiempo sin vernos me pareció fascinante. Me quedé a la parte final del acto de defensa de una tesis doctoral, cuando se proclama la calificación: Sobresaliente cum laude. Felicitaciones y abrazos muy sentidos. De verdad. Con esa verdad y ese sentimiento me fui a la compra, y desde el supermercado y cargado con mis bolsas me pasé por la Sala Maltravieso para contárselo a Isidro Timón. Interrumpió su clase para escucharme que acababa de encontrarme con Fernando Dacosta. Qué recuerdos. Sobresaliente cum laude.

miércoles, septiembre 06, 2017

Mucho latín

«Mucho latín para principio de obra lega». Esto está en el Fray Gerundio, y me vendría bien para algo. Un apunte. Otra bobada.

martes, septiembre 05, 2017

Primum vivere, deinde...

La prueba de un fracaso. Después de haber removido la tierra que trajimos para disponer en sus tiestos los geranios y begonias que ya lucen, discretamente y con mi mala cabeza, en mis balcones. Después de haber estado leyendo, como siempre, de varios sitios, y de haber anotado con mala letra asuntos de mañana. Después de todo, sí. Sí, se me olvidó la idea que acabo de recuperar ahora. Cómo uno se lee a sí mismo estas tonterías. (Por cierto, tengo que cortarme las uñas, porque por mucho que uno se lave las manos después de andar con las plantas siempre queda lo sucio. Y queda feo). Y eso, se me fue la idea; pero ha vuelto. Se trata de eso que algunos escritores dicen de su obra y de sus lectores, que aquella es de estos y que ellos no vuelven a ella. Menos Juan Marsé, que, cuando vuelve, vuelve para reescribirla. O algo parecido. Yo no. Yo, cuando vuelvo a leer algo que he escrito es por vanidad, por comprobar que yo he escrito eso, por releerme para decir que algo es algo. Aunque tenga unas irreprimibles ganas de reescribirlo. (A veces, ya lo dije, lo hago; porque en este blog puedo corregir una coma, una falta de ortografía o una conjunción inadmisible). Así estamos. Es más, cuando me pongo a leerme no paro. O me cuesta parar. Ya no es tanto el ego, sino el gusto por la memoria; sea grata o infausta. Y sea lo escrito lo público de este blog y lo que sale a las redes, o lo privado de mis cuadernos, en los que no caben reescrituras. Lo que me pasa en casa cuando leo lo que escribí, por ejemplo, hace siete años, solo me pasa en las bibliotecas cuando busco un libro para encontrar un dato y me detengo en otro libro en el que me demoro una eternidad que no se puede comparar con el ratito que me llevó anotar lo que anduve buscando. Lo que me cuesta escribir así. En fin, no saber escribir. Incluso molestar a alguien escribiendo así. Vaya frase. Hoy, de verdad, no me siento muy satisfecho de lo que escribo. Me ha pasado más veces. Y es curioso, porque, como me gusta leerme, acabo de darme cuenta de que me gustaría escribir que no sé qué tendrá septiembre para que Pavese siempre se me venga a la cara por estas fechas. («Cuando menos lo espero», iba a escribir). No sé. «El amor es verdaderamente una gran afirmación. Se quiere ser, se quiere importar, se quiere —si de morir se trata— morir con valor, con clamor, perdurar, en suma. Sin embargo, siempre va enlazada con él la voluntad de morir, de desaparecer: ¿quizá porque es tan poderosamente vida que al desaparecer en él, la vida se afirmaría aún más?» Es el Pavese de una traducción de Esther Benítez que yo leí hace ahora casi treinta y siete años. Cada año que pasa me preocupa ese Vendrá la muerte y tendrá tus ojos que siempre a uno se le aparece cuando recuerda al italiano. Casi siempre en septiembre. El día de mi cumpleaños, pero de 1950, diez u once antes de quitarse la vida —ese Vendrá la muerte y tendrá tus ojos—, Pavese escribió a su querida que «acaso tú eres de verdad la mejor —la verdadera. Pero ya no tengo tiempo de decírtelo, de hacértelo saber— y además, aunque pudiera, queda la prueba, la prueba, el fracaso». No tengo ni puñetera idea de quién fue verdaderamente Pavese. Solo he leído sus textos, que me visitan por septiembre. Me sirven para componer aquí una manera de mostrar sin ningún orgullo que hay que disculparse ante todos aquellos a los que uno ha defraudado —y estoy seguro defraudará— con la prevención de que se intentará de otro modo el día de mañana cuando quien sea vuelva a mostrarme la prueba del fracaso. Es la única forma que se me ha ocurrido ahora —hoy es una medida de tiempo demasiado larga— de llamar la atención. Un ejercicio de estilo.

domingo, septiembre 03, 2017

Septiembre

© CMD
Llevamos varios años haciendo de septiembre una costumbre de buscado sosiego en parajes distintos, casi siempre marítimos. Una especie de estímulo en forma de viaje sin mayor trascendencia para afrontar el curso. Miramos lo que para los demás es cotidiano y rutinario como algo único, no tanto por su naturaleza o por sus caracteres, sino por cómo los afrontamos, cómo nos valen en cortos días de largos paseos sintiendo el agua en los pies y de ratos provechosos para otro tipo de alimentos. A veces rodeado de escasos alicientes para fomentar el espíritu, me siento aquí como un extraño, una especie de raro visitante que lleva unos periódicos bajo el brazo. Leyendo a Álvaro Valverde, que escribió en otro sitio: «No es preciso partir para sentirse / un desterrado, un extranjero. Basta /con apartarse un poco de los otros, /con no participar de sus costumbres,/con ejercer sin más de solitario /por mucho que te arrastre esa marea /de pequeñas o grandes multitudes» (de «Destierro»,  Plasencias). Yo sí he partido a un lugar distinto; aunque no distante, y por escaso tiempo.

lunes, agosto 28, 2017

La trilogía española de Abel Feu

Este pasado domingo conocí a Abel Feu, el poeta de Feu de erratas (Sevilla, Renacimiento, 1997), el editor que está detrás de Los Papeles del Sitio, muy vinculado a otros sellos editoriales como Renacimiento y La Isla de Siltolá, cuyos libros están tan presentes en casa. A medida que Abel hablaba en donde mi querido Paco Hipólito dice que yo recibo —la cafetería del Hotel NH Palacio de Oquendo, casi tan cercana y acogedora como el salón de casa—, yo imaginaba lomos y cubiertas de libros que tengo en mi biblioteca sin haberlos relacionado con él. Quizá alguno sí, como la Poesía completa de Víctor Botas (Sevilla, La Isla de Siltolá, 2012), en el que aparecía como director de una colección de «Poesías completas» que luego no ha tenido desarrollo. Me ha regalado una de sus últimas creaciones: una edición infolio moderna con cubiertas de cartulina Turner, de Fedrigoni, y papel hecho con algas de la laguna de Venecia, de La trilogía española de Rilke, en versión y epílogo de Antonio Pau, otro personaje —jurista, traductor, ensayista, consejero de Estado— que me recuerda «Abeu» —ya no sé lo que digo— que es de mucho interés. Mucho interés tiene la edición de La trilogía española, sobre todo con el epílogo de Pau, en el que destaca que esta serie de tres textos —de configuración póstuma— abre una etapa nueva en la tarea poética de Rainer Maria Rilke porque cambia su mirada antes horizontal para hacerla vertical, en la que se suman tierra y cielo. Yo no soy experto, y me gusta la versión que da; pero el infinitivo «hacer» del primer poema al lado del vocativo —«hacer, Señor, / una sola cosa»— me da a mí que puede confundir más que la solución que dio en su día el sabio José María Valverde en aquella versión de estos poemas de Rilke publicada en los Papeles de Son Armadans de Camilo José Cela en 1956. Valverde puso «para hacer», como puede comprobarse aquí. Pero, insisto, yo no tengo ni idea. Tiene más Álvaro Valverde, que hoy me ha recordado que tengo otro de los libros hechos por Abel Feu, y que él sabe bien cómo se las gasta profesionalmente este exquisito componedor de textos. Para quitarse el sombrero. Lo supo él cuando fue Feu quien cuidó la edición de su antología poética de 1985 a 2010 Un centro fugitivo (Sevilla, La Isla de Siltolá, 2012), en la que no figuró como responsable con su nombre; pero sí con su sello: Los Papeles del Sitio. Todo esto aquí, casi sin salir de casa, y gracias a que la vida suele gastar estas concurrencias desde sitios distantes.

Mira esta nube: cómo oculta impetuosamente
la estrella que ahora mismo estaba al otro lado
de las montañas; de ella (y de mí),
de los vientos nocturnos (y también de mí),
del hondo río que refleja
ese claro del cielo, desgarrado (y de mí mismo);
de mí, y de todo esto,
hacer una sola cosa, Señor: de mí y del sentimiento
con que el rebaño, guarecido en el redil,
acepta, jadeando, el oscuro no ser del mundo;
de mí y de la luz de tantas casas
en la oscuridad, hacer, Señor,
una sola cosa; de los extraños, Señor,
a los que no conozco, y de mí, de mí,
hacer una sola cosa; […]

(Rainer Maria Rilke, La trilogía española, I, versión de Antonio Pau)

viernes, agosto 25, 2017

Mujeres

A Sofía Tato Pajares (1975-2017)
Una de mis lecturas indirectas es la de Clarice Lispector, y uno de mis momentos preferidos de este modo de llegar a una obra fue la extraordinaria y singular biografía Teresa de Jesús que escribió Olvido García Valdés (Barcelona, Ediciones Omega, 2001), publicada en la colección «Vidas literarias» dirigida por Nuria Amat. En uno de sus descansos, que son como apuntaciones fechadas de lecturas, con los que se cierran algunos de los capítulos, Olvido transcribe unos fragmentos de «Tanta mansedumbre», de Clarice Lispector, incluido en el volumen Silencio (Barcelona, Grijalbo Mondadori, 1995), traducido por Cristina Peri Rossi, que quiero recordar: «Pues en la hora oscura, tal vez la más oscura, en pleno día, ocurrió esa cosa que no quiero siquiera intentar definir. En pleno día era noche, y esa cosa que no quiero todavía definir es una luz tranquila dentro de mí, y la llamaría alegría, alegría mansa. Estoy un poco desorientada como si me hubieran arrancado el corazón, y en lugar de él estuviera ahora la súbita ausencia, una ausencia casi palpable de lo que antes era un órgano bañado de oscuridad, de dolor. No estoy sintiendo nada. Pero es lo contrario del sopor. Es un modo más leve y más silencioso de existir. […] Voy entonces a la ventana, está lloviendo mucho. […] Sólo eso: llueve y estoy mirando la lluvia. Qué simplicidad. Nunca creí que el mundo y yo llegáramos a este punto de acuerdo. La lluvia cae no porque me necesite, y yo la miro no porque necesite de ella. Pero nosotras estamos tan juntas como el agua de lluvia está ligada a la lluvia. Y no estoy agradeciendo nada. Si, después de nacer, no hubiera tomado involuntaria y forzadamente el camino que tomé, yo habría sido siempre lo que realmente estoy siendo: una campesina que está en un campo donde llueve. Sin siquiera dar las gracias a Dios o a la naturaleza. La lluvia tampoco da las gracias. No hay nada que agradecer por haberse transformado en otra. Soy una mujer, soy una persona, soy una atención, soy un cuerpo mirando por la ventana. Del mismo modo, la lluvia no está agradecida por no ser una piedra. Ella es la lluvia. Tal vez sea eso lo que se podría llamar estar vivo. No es más que esto, sólo esto: vivo. […]» Me pregunto cómo escriben las diosas ahora que leo que Clarice Lispector escribía como una diosa. No tengo que preguntarme por qué, en momentos como este y viviendo en una sociedad como esta, me siento más cerca de todos estos nombres de mujeres: Clarice Lispector, Olvido García Valdés, Nuria Amat, Cristina Peri Rossi, Teresa de Jesús, Sofía Tato Pajares.

jueves, agosto 24, 2017

María José Flores


He recibido un saluda del Alcalde de Burguillos del Cerro, Manuel Lima Díaz, invitándome al homenaje que se celebrará el viernes 1 de septiembre en la Casa de la Cultura de Burguillos dedicado a la escritora María José Flores (Burguillos del Cerro, 1963), y al que no podré acudir por estar fuera de Extremadura esos días. Por lo que sé —aunque me consta que su entrañable amiga Ada Salas será la encargada de hacer una semblanza de presentación—, consistirá en un concierto de la cantante almendralejense Mamen Navia. El pasado mes de marzo escuchamos a Mamen aquí en Cáceres el Día Mundial de la Poesía, en un acto en la Biblioteca Pública en el que interpretó varias piezas a partir de textos de poetas. En 2013 presentó un disco con canciones basadas en poemas de poetas extremeñas, entre las que estaba María José Flores. De su libro Un animal rozado por el tiempo (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2008), aprovechó versos de tres poemas —uno de ellos le sirve de estribillo o tema— para una pieza musical muy bien hecha. Parece obvio que será una de las que cante. María José merece el homenaje. Por su obra poética, reconocida con premios como el Adolfo Vargas Cienfuegos en 1984 por su primer libro, De tu nombre y la tierra, el Juan Manuel Rozas en 1986 por Oscuro acantilado, el Ciudad de Badajoz en 1991 por El rostro de la piedra, o el Ciudad de Mérida en 1994 por Impura claridad; y difundida en ediciones de sus libros en colecciones poéticas como «Los Libros del Oeste, poesía», con sus Poemas del cuerpo (Badajoz, Del Oeste Ediciones, 1999), o como la de la Editora Regional de Extremadura con una Antología poética (1984-2003), de 2005, y el citado Un animal rozado por el tiempo. Pero también lo merece por su carrera académica, que inició en Cáceres con su licenciatura en Filología Hispánica y su doctorado con una tesis sobre la obra poética de José Manuel Caballero Bonald, publicada por la Editora Regional de Extremadura en 1999 (La obra poética de Caballero Bonald y sus variantes), y luego su experiencia docente en Italia desde 1988, en universidades como Trento, Bérgamo, Milán o L'Aquila —sobrevivió al terremoto de abril de 2009—, en donde actualmente imparte clases de lengua española. Es autora de numerosos trabajos de investigación sobre literatura española en España e Italia; y lo más reciente que he leído suyo tiene algo que ver con esa coexistencia, un artículo publicado en el Boletín de la Real Academia de las Letras y las Artes de Extremadura —de esta es académica correspondiente desde 2009— sobre la novela Las respuestas del agua, de José María Saussol, un extremeño de Calamonte, en donde nació en 1937 y que se marchó, como María José, a Italia; él en 1969, y que fue catedrático de Lingüística y Literatura Española en la Universidad de Trieste. También me agradó mucho leer la vuelta de María José a su Caballero Bonald de su tesis, como me alegra ahora que se le reconozca en su pueblo y me alegrará saber que tiene nuevas obras en el telar. No piedra, cemento o ladrillo. Palabras, palabras, palabras.

Un poema de Neruda


Hay un poema de Neruda por ahí que alguien debería corregir. No, no me refiero a que cuando Neruda escribe «en mí nada se apaga ni se olvida» tengamos que proponerle otra manera de decir; sino a que no puede darse con una disposición tan atroz de los versos como la que vemos en algunas páginas de difusión poética a las que aludí aquí no hace mucho tiempo. Yo que la Fundación Pablo Neruda no me preocuparía de avisar de que sus versos se publican con fines de difusión y estudio de la obra del Poeta y de que está prohibida su reproducción con fines comerciales o de uso público, ya que todos los derechos pertenecen a la Fundación, y, en cierto modo, amenazar con acciones legales. No. Yo intentaría evitar por todos los medios atrocidades como la que muestro en la imagen —dejo los últimos ocho versos para el final de abajo— y que suelen ser corrientes en la red. En ese poema, «Si tú me olvidas», el poeta viene a decirle a la amada, en primer lugar, que él quiere que ella sepa una cosa. «Tú sabes cómo es esto», le dice. Que la existencia toda, el otoño, la luna, la rama roja, la impalpable ceniza que toca junto al fuego, todo, todo, le lleva a ella; y que se imagina los aromas, la luz, los metales como pequeños barcos que navegan «hacia las islas tuyas que me aguardan». Luego, con lo que los técnicos llaman un «conector contraargumentativo», una locución que marca el discurso del poeta —«Ahora bien»—, continúa diciendo a la amada que si ella deja de quererle, él la dejará de querer poco a poco, y que si ella le olvida, él también la habrá olvidado. Finalmente, le advierte que si por un casual ella se decide a dejarle en la orilla «del corazón en que tengo raíces»; entonces él, desde ese mismo instante, se buscará a otra. Vamos, en fin, otra tierra en la que tener raíces. Pero, claro, y ya es el final del poema, si ella siente a toda hora que está destinada a él «con dulzura implacable» y le sube a los labios una flor para buscarlo como al amado, entonces, sí, entonces él repetirá todo ese fuego, y en él nada se apagará ni se olvidará, y, mientras viva, ese amor —le dice— «estará en tus brazos / sin salir de los míos», ya en los dos últimos versos. Todo esto lo hace un lector —ahora hablo de mí— precavido con los derechos que los herederos legítimos pueden hacer valer de aquellos textos de un libro de poemas como Los versos del capitán (1952), un libro de Neruda que se publicó anónimo y que mereció esta «Explicación» de su autor cuando volvió a editarse en 1963: «Mucho se discutió el anonimato de este libro. Lo que yo discutía en mi interior mientras tanto, era si debía o no sacarlo de su origen íntimo: revelar su progenitura era desnudar la intimidad de su nacimiento. Y no me parecía que tal acción fuera leal a los arrebatos de amor y furia, al clima desconsolado y ardiente del destierro que le dio nacimiento.| Por otra parte pienso que todos los libros debieran ser anónimos. Pero entre quitar a todos los míos mi nombre o entregarlo al más misterioso, cedí, por fin, aunque sin muchas ganas. | ¿Que por qué guardó su misterio por tanto tiempo? Por nada y por todo, por lo de aquí y lo de más allá, por alegrías impropias, por sufrimientos ajenos. Cuando Paolo Ricci, compañero luminoso, lo imprimió por primera vez en Nápoles en 1952 pensamos que aquellos escasos ejemplares que él cuidó y preparó con excelencia, desaparecerían sin dejar huellas en las arenas del sur. | No ha sido así. Y la vida que reclamó su estallido secreto hoy me lo impone como presencia del inconmovible amor. | Entrego, pues, este libro sin explicarlo más, como si fuera mío y no lo fuera: basta con que pudiera andar solo por el mundo y crecer por su cuenta. Ahora que lo reconozco espero que su sangre furiosa me reconocerá también».

sábado, agosto 19, 2017

Pensamientos y afectos


Dicen que Julio Cortázar dijo algo así como que se sentaba a la máquina y dejaba correr el vasto río de los pensamientos y los afectos. Yo, sin embargo, tengo asociado el acto de esa escritura al bolígrafo y al papel, a escribir a mano, que es muchas veces la primera versión de un texto propio que deje correr pensamientos y afectos. Luego, sí; ese primer apunte es como el cepellón de lo que va saliendo sentado a la máquina, al ordenador que me ofrece tantas posibilidades para dar forma a lo que escribo. Como ahora. Aunque debería decir que era o fue así, porque cada vez más —aunque todos los días escriba a mano como el que ejercita un músculo— surge la primera escritura en esta mágica e inmediata representación visual de lo que mis dedos quieren decir. Por eso digo que «muchas veces» escribo una primera versión a mano, porque son muchas otras las que pulsando este teclado —los hacen cada día más agradables al tacto, la verdad— va surgiendo desde un bosquejo torpe y reprochable una frase con sentido y nunca «en ese sentido». Quizá me guste esto, esta inclinación sobre el teclado, esta manera de tocarlo, por mi arraigado —mi padre decía que quien no ama la música no tiene corazón— entusiasmo por los que saben interpretar algo con un instrumento. Por eso mi admiración ante un guitarrista, o por la manera que un pianista tiene de tocar una melodía. Nada de eso me ha sido dado, y estúpidamente —y con bastante vergüenza, por cierto— a veces me pongo a escribir como si estuviese simulando tocar un piano y otras como si estuviese escarbando con un puntero —si es a mano— entre la arena para encontrar un tesoro del que sentirme orgulloso y menos falto en expresar pensamientos y afectos. Y nada, sigue sin salir.

Hojas de Biarritz (y V)

En Biarritz hay una playa pequeña, muy urbana, la del Port Vieux, en la que la media de edad es alta, porque tiene el mismo oleaje que un pantano. Por la noche, sin embargo, en el término más al sur de la Grande Plage, se concentran los más jóvenes, para sentarse a beber en una especie de botellón del que al día siguiente no queda rastro gracias a los servicios de limpieza de la ciudad. Muy cerca, en una especie de balconada a pie de playa, en primera línea, en un lugar privilegiado y sobre el que todos los días nos preguntábamos si era privado, una familia sudamericana tiene allí su asiento con la atracción de una maqueta de una ciudad hecha de arena, en la que también hay un espacio para arrojar unas monedas. No sé calcular cuánto pagaría cualquier turista por una parcela así, con los baños públicos al lado. Y el Casino, y muy cerca la Rocher de la Vierge, por la que casi todos los días pasábamos. Leyendo, la última tarde en el hotel, anoté que tenía que buscar, aunque fuese ya a la vuelta, alguna referencia literaria más sobre Biarritz, algún poema. No recordaba que la tenía tan cerca, que yo leí hace años los Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922), de Oliverio Girondo, y uno de ellos «Biarritz» tiene su dibujo hecho por el propio Girondo, que reproduzco aquí desde la página del autor en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, y que transcribo. Me alegra que Álvaro Valverde haya dado también con Girondo al recordar otra ciudad, su Tánger.

El casino sorbe las últimas gotas de crepúsculo.
Automóviles afónicos. Escaparates constelados de estrellas falsas. Mujeres que van a perder sus sonrisas al bacará.
Con la cara desteñida por el tapete, los croupiers ofician, los ojos bizcos de tanto ver pasar dinero.
¡Pupilas que se licuan al dar vuelta las cartas! 
¡Collares de perlas que hunden un tarascón en las gargantas!
Hay efebos barbilampiños que usan una bragueta en el trasero. Hombres con baberos de porcelana. Un señor con un cuello que terminará por estrangularlo. Unas tetas que saltarán de un momento a otro de un escote, y lo arrollarán todo, como dos enormes bolas de billar. 
Cuando la puerta se entreabre, entra un pedazo de foxtrot.
«Biarritz», de Oliverio Girondo, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922).

miércoles, agosto 16, 2017

Glorias de Zafra (XVIII)

Tan joven y tan viejo. Hay una canción de Joaquín Sabina que se titula así. Creo que hay pocos momentos de su letra con los que pueda identificarme. Al fin y al cabo, él escribe sobre sí mismo y sobre su vida vivida. Con el título sí, claro; y con algo que dice de los entierros de «mi generación» y con eso de que «cada noche me invento». Me acordé ayer de esa canción para hoy, que cumplo cincuenta y cinco años; y me pareció bien buscar en mis papeles un deseo aplazado hasta una buena fecha. Qué mejor fecha que la de hoy para recordar que mi madre me escribió una carta con su letra esmerada un ocho de octubre de 2003 a la que si yo tuviese que poner un título sería «El mejor de los toreros para mi gusto». Ella me escribía con la puntuación a su modo: «Yo he pasado la feria muy bien y distraída con todas las amigas. Ayer comimos en la caseta 'Traspuesta' que nos invitó el hijo de Joaquina que me trajeron en coche. Serían las ocho. Los toros me gustaron mucho sobre todo Enrique Ponce es el mejor de los toreros para mi gusto. Y la corrida de rejoneo también salieron a hombros. Ahora con la televisión Localia estoy muy pendiente de mi nieta Mª José de todo lo que explica de la feria y sobre todo de tu magnífico Pregón que me han felicitado mucha gente. Muchos besos a los niños y para ti uno muy fuerte de Mamá». Yo nunca he hablado para tanto público —varios centenares de paisanos y allegados— como aquella noche en la Caseta Municipal de Zafra cuando el pregón de la Feria al que se refería mi madre, a finales de septiembre de 2003. Me lo ha recordado su carta y ahora me doy cuenta de que es la primera vez que cumplo años sin decírselo. Dimos hace meses a mi madre un lugar para su muerte. Seguro que ella —que nunca habló de eso— quería algo así. Yo pido a los míos que no me den lugar alguno; que ya me encargaré de fundar el mío en muchas partes. Una semilla es un brote y un brote una rama y la rama una flor y la flor un fruto. Y lo de la caseta que decía mi madre, la «Traspuesta», es genial. Que para eso estamos, para cosas así de estupendas. Y para escuchar un rato al Rey, a Elvis —llevo casi todo este miércoles así—, que murió el mismo día que yo cumplí mis quince años. Sea.


martes, agosto 15, 2017

Hojas de Biarritz (IV)

Contrastes. En el Hôtel du Palais cuesta una noche —por ejemplo, mañana— 525 euros, y en la Avenue Mariscal Foch hay un bar, el «Café Biarritz Red», en el que la cerveza no te la sirven fría —pero igual de cara que en otros sitios— y solo a algunos clientes ponen unas aceitunas para picar. No quiero pensar en que no fuese un despiste, por ser turistas españoles. Nos alegramos de la absurda discriminación cuando el camarero, al irse uno de los bebedores agraciados, devolvió al bote las olivas sobrantes, con caldo y todo. Malogros. Nos suele pasar, que el último día de un viaje descubres un rincón en el que te habría gustado estar desde la llegada. Puede ser un bar o un restaurante; o, como ocurrió el día antes de partir, una playa tranquila, amplia y cercana como la de Anglet —las de Anglet, más bien, concatenadas: Plage de Marinella, des Corsaires, donde comimos, de la Madrague, de l'Océan, des Cavaliers, de la Barre—, a la que se llegaba en autobús desde nuestro hotel en veinte minutos. Por allí hay un restaurante llamado «Le Rayon Vert», como la película de Rohmer y el relato de Julio Verne, y que ahora puedo relacionar con otro espacio que descubrimos en Biarritz casi por casualidad. Habíamos ido hasta donde teníamos aparcado el coche, y en el callejeo, dimos con la Avenue Beau Rivage, una de las vías que te saca del centro de la ciudad hacia España —lo indica que al lado esté la Rue d'Espagne y más adelante la Rue de Madrid—, y con una especie de chiringuito ubicado en un mirador hacia el mar lleno de gente, de mucha gente joven. Imagino ahora que se reunían allí para ver el atardecer y buscar el rayo verde, la estúpida leyenda que dice que si dos personas ven al mismo tiempo ese bellísimo fenómeno óptico quedarán unidas y enamoradas la una de la otra para siempre. Libros. Los que fotografié en el escaparate de una librería de la Rue Poissonnerie de Bayona: «Las 12 mejores novelas del verano... y las peores». Como me traje la foto, intento reproducir cada uno de los títulos expuestos: Une jeunesse perdue, de Jean-Marie Rouart, Dans la foret,  de Jean Hegland, Équater, de Antonin Varenne, Née contente à Oraibi, de Bérengère Cournut, Les indésirables, de Diane Ducket, Dakota Song, de Ariane Bois, L'homme qui s'envola, de Antoine Bello, VIP, de Laurent Chalumeau, L’Arche de Darwin de James Morrow, Notre histoire: Pingru et Meitang, de Rao Pingru. No alcanzo a leer bien las reseñas de todas las novelas y saber cuáles son las mejores y cuáles las peores. Hay, además, dos traducciones de obras españolas: Deux hommes de bien, de Arturo Pérez Reverte, que merece el calificativo de «formidable roman», y La Table du Roi Salomon, de Luis Montero Manglano. De todas, solo he leído la de Pérez Reverte (Hombres buenos), que me regalaron mi cuñada Eva y mi hermano Josemari hace dos años por estas fechas; y me parece demasiado entusiasta el juicio, quizá por ser tan francés y tan clásico el motivo argumental del relato. Volvimos a Biarritz, a nuestros sitios de siempre.

domingo, agosto 13, 2017

Hojas de Biarritz (III)


Hay tantas cosas que hacer cuando uno viaja que la lectura pasa a ser una actividad esporádica, aunque llene, eso sí, algunos momentos de buscada molicie. Un libro de poemas ya leído —para tomar alguna nota si escribo sobre él— y la última novela de Antonio Orejudo —Los cinco y yo, Tusquets Editores, 2017— viajaron conmigo. El primero ha regresado sin volver a abrirse y del segundo casi doy, a esta hora, cuenta completa; buena cuenta, pues se trata de una fotografía bien hecha de mi generación —que «no tuvo ningún protagonismo en la transición de la dictadura a la democracia ni tampoco en los primeros años de esta. Para haber tenido alguna relevancia, Franco debería haber durado diez o quince años más; pero la espichó el 20 de noviembre de 1975. Los que se hicieron con las riendas del país tenían entonces la edad de Cristo. Nosotros, que acabábamos de cumplir diez, once o doce años, teníamos la edad de Los Cinco» (pág. 21). Me llevé, sí, mis apuntes sobre algunos textos literarios con Biarritz de centro o de fondo: la novela de humor A Biarritz, por amor, de Francisco Miranda de Rojas (Madrid, Huerga y Fierro, 2008) y Cabaret Biarritz, de José C. Vales (Barcelona, Destino, 2015), que fue Premio Nadal en 2015. En la librería debajo del hotel, camino de la Grande Plage, en la que todos los días compraba los periódicos —«Maison de la Presse»— encontré una traducción francesa —de Margot Nguyen Béraud— de la novela de Vales publicada por Editions Denoël. Estaría bueno que me la leyese en francés. La vi expuesta en el escaparate, como un reclamo, y dentro me costó darme cuenta de que había una pila de ejemplares en la mesa de novedades a la entrada. Me gustó esa manera de ensalzar lo local con la mirada de una novela española. Ya en Cáceres, espero recibir por correo un pedido con Villa-Venus: la vida alegre en Biarritz una novela del militar valenciano y político Vicente Sanchís Guillén (1849-1907), que publicó con el seudónimo de «Miss-Teriosa» en Madrid en 1904. Me llevé anotada también la sugerencia de Álvaro Valverde sobre Los senderos del mar, de María Belmonte (Acantilado, 2017), el relato de un viaje a pie por toda la costa vasca que se inicia precisamente en Biarritz y culmina en Bilbao. Pero para libros los del viernes 4, cuando visitamos Bayona y me empeñé en buscar el número 9 de la rue Mayou en la que se vendía la Gaceta de Bayona (1828-1830), que dirigió Alberto Lista. En una página sobre las calles de Bayona ayer y hoy encontré que la rue d'Espagne, que fue la calle principal y peatonal por la que nos internamos en la ciudad una vez pasada la catedral, fue antes Mayou, y rue des Tendes y antes rue de la République. Fotografié la fachada del número 9 y la del número 11, por si acaso cambiaron la numeración y porque me pareció más antigua esta que aquella. No sé. Cerca, muy cerca, en la rue de Luc, me llamaron la atención unos libros en español en una vitrina junto a la puerta de entrada de una tienda anticuaria. Entré y pregunté por ellos. El dueño me explicó que eran resto de la biblioteca de un profesor de español de Bayona —no retuve el nombre, quizá Garnier. Al fallecer, su viuda se los hizo llegar y los vendía a un euro —los tomos de la colección «Clásicos Castellanos» ya de Espasa-Calpe, Larra, Quevedo, Fray Luis de León, Feijoo, Juan Valera, dos o tres de los cinco tomos de las obras completas de Delibes en Destino en la edición de los sesenta y setenta— y a dos euros los más voluminosos, como la edición de Robert Jammes de las Letrillas de Góngora y la edición (2ª) de la monumental Historia de la literatura nacional española en la Edad de Oro (1952), de Ludwig Pfandl, que me traje, claro. Habíamos viajado desde Biarritz a Bayona desde casi la puerta del hotel en un cómodo autobús urbano por dos euros el billete de veinticuatro horas, que nos permitió ir, volver y equivocarnos al montar en un coche que iba en una línea que no era la nuestra. Las pocas horas allí fueron nutricias —también comimos, regular solo, en la rue Poissonnerie— y me gustó mucho conversar y conocer al librero, nacido en Marruecos, con madre marroquí de ascendencia española y padre francés colono en Argelia, y con negocios que tuvo en otras ciudades de Europa y América. Volví a verlo una hora después, porque olvidé mi sombrero en la tienda y no pude recuperarlo hasta que él volvió a abrirla tras su café de todas las tardes. Así me lo dijo cuando recuperé mon chapeau, que allí seguía, posado sobre una antigua banqueta tapizada sin que mi cortés librero le hubiese echado cuenta.


sábado, agosto 12, 2017

Hojas de Biarritz (II)


En Biarritz la cerveza más barata la hemos pagado a 3,00 €, y hay dos lugares en los que uno puede tener la sensación de que cañea, aunque sea a ese precio, el «Bar Basque», que está en un chaflán de la calle que baja al Port Vieux, y en la «Maison Pujol», que se anuncia como el «Le Comptoir du Foie Gras», al lado del mercado, de Les Halles. Se puede estar en la barra tomando la cerveza y probando alguna tapa a unas horas en las que parece que todo el mundo ya ha comido. En la zona, pero ya a la caída de la tarde, nos topamos con un mercado callejero que ocupaba mucho más que el que todos los días se instala en la explanada de la avenida de Victor Hugo, frente a la Iglesia de Saint-Joseph. Me llamó la atención el nuevo mobiliario urbano. Unos grandes cubos de hormigón sobre los que algunos viandantes descansaban y consumían algún producto comprado en los puestos. Por la mañana, por la Rue Gambetta, una máquina con pala excavadora provocaba una breve retención del tráfico al colocarlos en uno de los accesos para prevenir un atentado terrorista. Nuevos tiempos. En un café de la Rue Mazagran, una pizarra en el exterior anunciaba actuaciones de grupos musicales programadas para los próximos días. Ingenioso nombre el de uno de los grupos: «Sigmund und Kierkeggard Funkel». Es curioso cómo cambia el aspecto de una ciudad de playa cuando llueve. Cambian los colores y el olor no es el mismo; pero, sobre todo, uno se pregunta dónde se mete toda esa gente que hacía pocas horas llenaba las calles y la arena. Lo normal es pensar en que se queda en casa o va en masa a los centros comerciales; pero yo creo que son como las sombrillas y las hamacas, que, durante la noche y los días aciagos, se apilan y se apartan en algún sitio hasta que se sacan por la mañana los días con sol. Tras el paseo diario de hora y media —nos da igual que llovizne— y hechas las visitas a los lugares señalados, vivimos la ciudad en las terrazas —catorce euros todos los días en «Les Colonnes» por cuatro cañas— hasta lograr el objetivo de comer en el restaurante con mejor cara. En el Port des Pêcheurs, una muy buena comida en «Chez Albert» con excelentes pescados nos dio la prueba de que la persistencia puede llegar a ser tan efectiva como una buena reserva a tiempo. Buen ambiente.

jueves, agosto 10, 2017

Hojas de Biarritz (I)


Estrenar este agosto en este blog un día 10 como hoy es la mejor manera que se me ocurre de destacar el paréntesis virtual de unos días de viaje por vacaciones. Mera virtualidad, porque, si se quiere, hoy podemos viajar con todos los aparejos para escribir y mostrar casi hora a hora todo lo que nos pasa. Distinto es que uno lleve consigo un cuaderno en el que anota lo que ocurre —un jovencito a la puerta de la Iglesia de Saint-Joseph de Biarritz nos dio un pequeño recorte en cartulina azul que parece una nube de tebeo que dice: «Sachez tirer parti du présent. / Que votre langage soit toujours aimable, / plein d'à-propos, / avec l'art de répondre à chacun / comme il faut.» —Col 4, 5-6). Ese pasaje de la Epístola a los Colosenses del Nuevo Testamento —aprovechad el tiempo presente, que vuestra forma de hablar sea amable, de buen gusto, y sabiendo responder a cada uno como corresponde— va dirigido a los que no confían en Cristo, a los que vienen de fuera, como nosotros esa tarde, que pasamos del ambiente festivo de un mercado bullicioso a la quietud de la nave de una pequeña iglesia en la que una monja acompañada de otra joven al violoncelo cantaba canciones cuyas letras podíamos seguir en los folios que había en los bancos del templo. C. dijo algo parecido a que a ella le gustaría dedicarse a eso. También dijo cuando llegamos a Biarritz que algunas calles y fachadas le parecían conocidas por haberlas visto en películas. A mí también; con Ava Gardner y Tyron Power en Fiesta (1957); pero no, la verdad es que las películas más evidentes que pudimos rescatar de las rodadas allí fueron Lo verde empieza en los Pirineos (1973), con José Luis López Vázquez, Pepe Sacristán y Nadiuska, El reprimido (1973), con Antonio Ozores, Alfredo Landa y Enma Cohen. Lo de Ava y Tyron queda para el Hôtel du Palais —nos denegaron la entrada como visitantes—; y lo nuestro quedó en el Mercure Plaza Centre Biarritz que tiene su aire de art déco y su nombre tan bien puesto que no se me ocurre ahora mejor sitio en Biarritz para quedarse en su puro centro. Hay otra película que tiene a esta ciudad como escenario y que se titula El rayo verde (1986), de Eric Rohmer, y que me vendrá bien para relatar otro escenario. La verdad es que el hotel es excelente. Habitación 209.

viernes, julio 28, 2017

Fin de curso

Al volver del paseo estos viernes vuelvo con mis monedas en una faltriquerita casi secreta que tiene el nuevo pantalón corto que elegí hace unas semanas en un pasillo de Eroski frente a unos sujetadores de señora. Me cuesta, no crean, de tan secreta, sacar las piezas para pagar mi ejemplar de El Cultural, de venta «conjunta e inseparable con El Mundo» y que me venden sin él. Antes venían pocos y algunos días me decía B. en el kiosco: «—Ya se lo ha llevado Liborio Barrera (*)». Hoy, bien temprano, me he llevado la que debe de ser la última entrega hasta septiembre. Lo dice en su sección «Mínima molestia» Ignacio Echevarría  —«esta última columna del curso»— con su viva recomendación de Huracán en Jamaica, la novela de Richard Hughes, que acaba de reeditar Alba Editorial. Ya sabía por Álvaro Valverde que incluía también tres nuevas reseñas suyas de sendos libros con poemas, el Cuaderno ruso de Alfonso Armada (Bartleby), El mundo se derrumba y tú escribes poemas, de Juan Cobos Wilkins (Fundación José Manuel Lara) y la edición de la académica Clara Janés de Las primeras poetisas en lengua castellana (Siruela), una ampliación y actualización de una antología que publicó Endymion en 1986. Ahora son cuarenta y tres poetisas, incluidas las extremeñas Luisa de Carvajal y Catalina Clara Ramírez de Guzmán. Otra afinidad trae este ejemplar de El Cultural, porque en la página 19 está la reseña que Pilar García Mouton ha escrito sobre un libro que tengo encima de mi mesa y estoy terminando de leer con especial disfrute: María Rosa Lida & Yakov Malkiel, Amor y filología. Correspondencias (1943-1948). Edición y prefacio de Miranda Lida. Prólogo de Francisco Rico (Barcelona, Acantilado, 2017). Que incluye la edición de las Cantigas de amigo de María Rosa Lida que da y comenta Francisco Rico, y las más de ciento treinta páginas de notas y comentarios a toda la correspondencia a cargo de Juan Miguel Valero. Finalmente, la página de cierre —salva sea la parte de la publicidad— trae el cuestionario a Cayetana Guillén Cuervo, que, nacida en Madrid en 1969, dice que «siendo muy niña» su padre puso en sus manos El péndulo de Foucault, de Umberto Eco, que se publicó en 1988. La «muy niña» tendría 19 añitos, digo yo. Pues nada, otros que cierran hasta septiembre. 


(*) Me gustan sus notas de diario Como aire africano (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2017). En estos últimos años no me había hablado tanto en ninguno de nuestros esporádicos encuentros.