miércoles, diciembre 05, 2007

Agitación y Cultura (III)

Estimé mucho a José Antonio Gabriel y Galán, a quien conocí en Zafra, en la presentación de su Poesía (1970-1985), publicada por la Editora Regional de Extremadura en 1988. Recuerdo que fue en un salón en los bajos del Hotel Huerta Honda, en un acto organizado por la Fundación Pablo Iglesias, y —como siempre en Zafra— lleno de público. Allí estaba Luciano Feria, que dispuso todo. El director de la Editora era José María Ródenas, y presentó el libro Juan Carlos Suñén, si la memoria no me falla. Dos o tres años después tuve un grato encuentro con José Antonio en Plasencia, en la presentación —a la que nadie me invitó— de un número especial de El Urogallo en el que colaboré con un artículo sobre la poesía en Extremadura que José Antonio ponderó aquella noche al tiempo que se disculpaba una y otra vez conmigo por las muchas erratas con las que salió, entre otras, la de haber aparecido sin mi firma. Ayer, en el programa de radio, quise recordarle:

Quiero hablar de un libro del que desde hace mucho tiempo, antes de que fuese tal, de que fuese libro, sabía de su existencia. Me refiero al Diario de José Antonio Gabriel y Galán, entre 1980 y 1992, un año antes de su muerte, que ha publicado la Editora Regional de Extremadura. Es un libro difícil.
No sólo porque se trata del diario personal de un escritor a quien se le diagnostica un cáncer que motiva la escritura de estas páginas. No sólo porque hable de ese bulto del cuello, de ese ganglio, de esa sentencia de muerte que se le comunicó un día feliz, el del estreno de su versión de La velada de Benicarló, la obra de Azaña. Además, me he encontrado, y también a propósito de esa enfermedad cabrona, con palabras referidas a un escritor admirado, Juan García Hortelano, que empieza a morirse en la página 143 y desaparece.
No sólo es un libro difícil porque no es de lectura fácil, y, sobre todo, porque puede llegar a no interesar más que a quienes conocieron a Gabriel y Galán, o a quienes trabajan sobre su obra literaria. Aun así, también es un libro difícil porque a su voluntad de estilo, que la tiene, sin duda, como cabe esperar de un escritor así, se sobrepone la circunstancia de motivación de su escritura, es decir, la sentencia de muerte, y una especie de ajuste de cuentas con todos y con todo que a veces estremece más que el hecho de que estas páginas estén escritas por alguien que se muere así. Un libro difícil por ese tono de amargura en el mundo literario, por ese aire sombrío que tiene la voz de un escritor que dice reiteradamente, que se queja a cada paso de que “no existo”, de que nadie lo reconoce, que nadie o casi nadie reconoce su obra.
Más difícil aún este libro, porque me da la sensación de que no nos llega directamente lo que salió de la mano debilitada de un hombre condenado a muerte. Que alguna cosmética se ha debido aplicar al contenido. Desde la mención del título de una novela, Muchos años después, para que el lector se entere, hasta la omisión de algunos nombres, como el de algún portavoz de la Junta de Extremadura. Una cosmética seguro que necesaria; pero no entiendo por qué no se menciona en esta estupenda edición que reconoce, después de muerto, una trayectoria literaria muy interesante. Como hice la semana pasada, recomiendo esta lectura y, a la vez, la de esa novela titulada Muchos años después, que publicó Alfaguara. Ya puestos.


Del martes 4 de diciembre.

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