sábado, agosto 19, 2017

Pensamientos y afectos


Dicen que Julio Cortázar dijo algo así como que se sentaba a la máquina y dejaba correr el vasto río de los pensamientos y los afectos. Yo, sin embargo, tengo asociado el acto de esa escritura al bolígrafo y al papel, a escribir a mano, que es muchas veces la primera versión de un texto propio que deje correr pensamientos y afectos. Luego, sí; ese primer apunte es como el cepellón de lo que va saliendo sentado a la máquina, al ordenador que me ofrece tantas posibilidades para dar forma a lo que escribo. Como ahora. Aunque debería decir que era o fue así, porque cada vez más —aunque todos los días escriba a mano como el que ejercita un músculo— surge la primera escritura en esta mágica e inmediata representación visual de lo que mis dedos quieren decir. Por eso digo que «muchas veces» escribo una primera versión a mano, porque son muchas otras las que pulsando este teclado —los hacen cada día más agradables al tacto, la verdad— va surgiendo desde un bosquejo torpe y reprochable una frase con sentido y nunca «en ese sentido». Quizá me guste esto, esta inclinación sobre el teclado, esta manera de tocarlo, por mi arraigado —mi padre decía que quien no ama la música no tiene corazón— entusiasmo por los que saben interpretar algo con un instrumento. Por eso mi admiración ante un guitarrista, o por la manera que un pianista tiene de tocar una melodía. Nada de eso me ha sido dado, y estúpidamente —y con bastante vergüenza, por cierto— a veces me pongo a escribir como si estuviese simulando tocar un piano y otras como si estuviese escarbando con un puntero —si es a mano— entre la arena para encontrar un tesoro del que sentirme orgulloso y menos falto en expresar pensamientos y afectos. Y nada, sigue sin salir.

Hojas de Biarritz (y V)

En Biarritz hay una playa pequeña, muy urbana, la del Port Vieux, en la que la media de edad es alta, porque tiene el mismo oleaje que un pantano. Por la noche, sin embargo, en el término más al sur de la Grande Plage, se concentran los más jóvenes, para sentarse a beber en una especie de botellón del que al día siguiente no queda rastro gracias a los servicios de limpieza de la ciudad. Muy cerca, en una especie de balconada a pie de playa, en primera línea, en un lugar privilegiado y sobre el que todos los días nos preguntábamos si era privado, una familia sudamericana tiene allí su asiento con la atracción de una maqueta de una ciudad hecha de arena, en la que también hay un espacio para arrojar unas monedas. No sé calcular cuánto pagaría cualquier turista por una parcela así, con los baños públicos al lado. Y el Casino, y muy cerca la Rocher de la Vierge, por la que casi todos los días pasábamos. Leyendo, la última tarde en el hotel, anoté que tenía que buscar, aunque fuese ya a la vuelta, alguna referencia literaria más sobre Biarritz, algún poema. No recordaba que la tenía tan cerca, que yo leí hace años los Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922), de Oliverio Girondo, y uno de ellos «Biarritz» tiene su dibujo hecho por el propio Girondo, que reproduzco aquí desde la página del autor en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, y que transcribo. Me alegra que Álvaro Valverde haya dado también con Girondo al recordar otra ciudad, su Tánger.

El casino sorbe las últimas gotas de crepúsculo.
Automóviles afónicos. Escaparates constelados de estrellas falsas. Mujeres que van a perder sus sonrisas al bacará.
Con la cara desteñida por el tapete, los croupiers ofician, los ojos bizcos de tanto ver pasar dinero.
¡Pupilas que se licuan al dar vuelta las cartas! 
¡Collares de perlas que hunden un tarascón en las gargantas!
Hay efebos barbilampiños que usan una bragueta en el trasero. Hombres con baberos de porcelana. Un señor con un cuello que terminará por estrangularlo. Unas tetas que saltarán de un momento a otro de un escote, y lo arrollarán todo, como dos enormes bolas de billar. 
Cuando la puerta se entreabre, entra un pedazo de foxtrot.
«Biarritz», de Oliverio Girondo, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922).

miércoles, agosto 16, 2017

Glorias de Zafra (XVIII)

Tan joven y tan viejo. Hay una canción de Joaquín Sabina que se titula así. Creo que hay pocos momentos de su letra con los que pueda identificarme. Al fin y al cabo, él escribe sobre sí mismo y sobre su vida vivida. Con el título sí, claro; y con algo que dice de los entierros de «mi generación» y con eso de que «cada noche me invento». Me acordé ayer de esa canción para hoy, que cumplo cincuenta y cinco años; y me pareció bien buscar en mis papeles un deseo aplazado hasta una buena fecha. Qué mejor fecha que la de hoy para recordar que mi madre me escribió una carta con su letra esmerada un ocho de octubre de 2003 a la que si yo tuviese que poner un título sería «El mejor de los toreros para mi gusto». Ella me escribía con la puntuación a su modo: «Yo he pasado la feria muy bien y distraída con todas las amigas. Ayer comimos en la caseta 'Traspuesta' que nos invitó el hijo de Joaquina que me trajeron en coche. Serían las ocho. Los toros me gustaron mucho sobre todo Enrique Ponce es el mejor de los toreros para mi gusto. Y la corrida de rejoneo también salieron a hombros. Ahora con la televisión Localia estoy muy pendiente de mi nieta Mª José de todo lo que explica de la feria y sobre todo de tu magnífico Pregón que me han felicitado mucha gente. Muchos besos a los niños y para ti uno muy fuerte de Mamá». Yo nunca he hablado para tanto público —varios centenares de paisanos y allegados— como aquella noche en la Caseta Municipal de Zafra cuando el pregón de la Feria al que se refería mi madre, a finales de septiembre de 2003. Me lo ha recordado su carta y ahora me doy cuenta de que es la primera vez que cumplo años sin decírselo. Dimos hace meses a mi madre un lugar para su muerte. Seguro que ella —que nunca habló de eso— quería algo así. Yo pido a los míos que no me den lugar alguno; que ya me encargaré de fundar el mío en muchas partes. Una semilla es un brote y un brote una rama y la rama una flor y la flor un fruto. Y lo de la caseta que decía mi madre, la «Traspuesta», es genial. Que para eso estamos, para cosas así de estupendas. Y para escuchar un rato al Rey, a Elvis —llevo casi todo este miércoles así—, que murió el mismo día que yo cumplí mis quince años. Sea.


martes, agosto 15, 2017

Hojas de Biarritz (IV)

Contrastes. En el Hôtel du Palais cuesta una noche —por ejemplo, mañana— 525 euros, y en la Avenue Mariscal Foch hay un bar, el «Café Biarritz Red», en el que la cerveza no te la sirven fría —pero igual de cara que en otros sitios— y solo a algunos clientes ponen unas aceitunas para picar. No quiero pensar en que no fuese un despiste, por ser turistas españoles. Nos alegramos de la absurda discriminación cuando el camarero, al irse uno de los bebedores agraciados, devolvió al bote las olivas sobrantes, con caldo y todo. Malogros. Nos suele pasar, que el último día de un viaje descubres un rincón en el que te habría gustado estar desde la llegada. Puede ser un bar o un restaurante; o, como ocurrió el día antes de partir, una playa tranquila, amplia y cercana como la de Anglet —las de Anglet, más bien, concatenadas: Plage de Marinella, des Corsaires, donde comimos, de la Madrague, de l'Océan, des Cavaliers, de la Barre—, a la que se llegaba en autobús desde nuestro hotel en veinte minutos. Por allí hay un restaurante llamado «Le Rayon Vert», como la película de Rohmer y el relato de Julio Verne, y que ahora puedo relacionar con otro espacio que descubrimos en Biarritz casi por casualidad. Habíamos ido hasta donde teníamos aparcado el coche, y en el callejeo, dimos con la Avenue Beau Rivage, una de las vías que te saca del centro de la ciudad hacia España —lo indica que al lado esté la Rue d'Espagne y más adelante la Rue de Madrid—, y con una especie de chiringuito ubicado en un mirador hacia el mar lleno de gente, de mucha gente joven. Imagino ahora que se reunían allí para ver el atardecer y buscar el rayo verde, la estúpida leyenda que dice que si dos personas ven al mismo tiempo ese bellísimo fenómeno óptico quedarán unidas y enamoradas la una de la otra para siempre. Libros. Los que fotografié en el escaparate de una librería de la Rue Poissonnerie de Bayona: «Las 12 mejores novelas del verano... y las peores». Como me traje la foto, intento reproducir cada uno de los títulos expuestos: Une jeunesse perdue, de Jean-Marie Rouart, Dans la foret,  de Jean Hegland, Équater, de Antonin Varenne, Née contente à Oraibi, de Bérengère Cournut, Les indésirables, de Diane Ducket, Dakota Song, de Ariane Bois, L'homme qui s'envola, de Antoine Bello, VIP, de Laurent Chalumeau, L’Arche de Darwin de James Morrow, Notre histoire: Pingru et Meitang, de Rao Pingru. No alcanzo a leer bien las reseñas de todas las novelas y saber cuáles son las mejores y cuáles las peores. Hay, además, dos traducciones de obras españolas: Deux hommes de bien, de Arturo Pérez Reverte, que merece el calificativo de «formidable roman», y La Table du Roi Salomon, de Luis Montero Manglano. De todas, solo he leído la de Pérez Reverte (Hombres buenos), que me regalaron mi cuñada Eva y mi hermano Josemari hace dos años por estas fechas; y me parece demasiado entusiasta el juicio, quizá por ser tan francés y tan clásico el motivo argumental del relato. Volvimos a Biarritz, a nuestros sitios de siempre.

domingo, agosto 13, 2017

Hojas de Biarritz (III)


Hay tantas cosas que hacer cuando uno viaja que la lectura pasa a ser una actividad esporádica, aunque llene, eso sí, algunos momentos de buscada molicie. Un libro de poemas ya leído —para tomar alguna nota si escribo sobre él— y la última novela de Antonio Orejudo —Los cinco y yo, Tusquets Editores, 2017— viajaron conmigo. El primero ha regresado sin volver a abrirse y del segundo casi doy, a esta hora, cuenta completa; buena cuenta, pues se trata de una fotografía bien hecha de mi generación —que «no tuvo ningún protagonismo en la transición de la dictadura a la democracia ni tampoco en los primeros años de esta. Para haber tenido alguna relevancia, Franco debería haber durado diez o quince años más; pero la espichó el 20 de noviembre de 1975. Los que se hicieron con las riendas del país tenían entonces la edad de Cristo. Nosotros, que acabábamos de cumplir diez, once o doce años, teníamos la edad de Los Cinco» (pág. 21). Me llevé, sí, mis apuntes sobre algunos textos literarios con Biarritz de centro o de fondo: la novela de humor A Biarritz, por amor, de Francisco Miranda de Rojas (Madrid, Huerga y Fierro, 2008) y Cabaret Biarritz, de José C. Vales (Barcelona, Destino, 2015), que fue Premio Nadal en 2015. En la librería debajo del hotel, camino de la Grande Plage, en la que todos los días compraba los periódicos —«Maison de la Presse»— encontré una traducción francesa —de Margot Nguyen Béraud— de la novela de Vales publicada por Editions Denoël. Estaría bueno que me la leyese en francés. La vi expuesta en el escaparate, como un reclamo, y dentro me costó darme cuenta de que había una pila de ejemplares en la mesa de novedades a la entrada. Me gustó esa manera de ensalzar lo local con la mirada de una novela española. Ya en Cáceres, espero recibir por correo un pedido con Villa-Venus: la vida alegre en Biarritz una novela del militar valenciano y político Vicente Sanchís Guillén (1849-1907), que publicó con el seudónimo de «Miss-Teriosa» en Madrid en 1904. Me llevé anotada también la sugerencia de Álvaro Valverde sobre Los senderos del mar, de María Belmonte (Acantilado, 2017), el relato de un viaje a pie por toda la costa vasca que se inicia precisamente en Biarritz y culmina en Bilbao. Pero para libros los del viernes 4, cuando visitamos Bayona y me empeñé en buscar el número 9 de la rue Mayou en la que se vendía la Gaceta de Bayona (1828-1830), que dirigió Alberto Lista. En una página sobre las calles de Bayona ayer y hoy encontré que la rue d'Espagne, que fue la calle principal y peatonal por la que nos internamos en la ciudad una vez pasada la catedral, fue antes Mayou, y rue des Tendes y antes rue de la République. Fotografié la fachada del número 9 y la del número 11, por si acaso cambiaron la numeración y porque me pareció más antigua esta que aquella. No sé. Cerca, muy cerca, en la rue de Luc, me llamaron la atención unos libros en español en una vitrina junto a la puerta de entrada de una tienda anticuaria. Entré y pregunté por ellos. El dueño me explicó que eran resto de la biblioteca de un profesor de español de Bayona —no retuve el nombre, quizá Garnier. Al fallecer, su viuda se los hizo llegar y los vendía a un euro —los tomos de la colección «Clásicos Castellanos» ya de Espasa-Calpe, Larra, Quevedo, Fray Luis de León, Feijoo, Juan Valera, dos o tres de los cinco tomos de las obras completas de Delibes en Destino en la edición de los sesenta y setenta— y a dos euros los más voluminosos, como la edición de Robert Jammes de las Letrillas de Góngora y la edición (2ª) de la monumental Historia de la literatura nacional española en la Edad de Oro (1952), de Ludwig Pfandl, que me traje, claro. Habíamos viajado desde Biarritz a Bayona desde casi la puerta del hotel en un cómodo autobús urbano por dos euros el billete de veinticuatro horas, que nos permitió ir, volver y equivocarnos al montar en un coche que iba en una línea que no era la nuestra. Las pocas horas allí fueron nutricias —también comimos, regular solo, en la rue Poissonnerie— y me gustó mucho conversar y conocer al librero, nacido en Marruecos, con madre marroquí de ascendencia española y padre francés colono en Argelia, y con negocios que tuvo en otras ciudades de Europa y América. Volví a verlo una hora después, porque olvidé mi sombrero en la tienda y no pude recuperarlo hasta que él volvió a abrirla tras su café de todas las tardes. Así me lo dijo cuando recuperé mon chapeau, que allí seguía, posado sobre una antigua banqueta tapizada sin que mi cortés librero le hubiese echado cuenta.


sábado, agosto 12, 2017

Hojas de Biarritz (II)


En Biarritz la cerveza más barata la hemos pagado a 3,00 €, y hay dos lugares en los que uno puede tener la sensación de que cañea, aunque sea a ese precio, el «Bar Basque», que está en un chaflán de la calle que baja al Port Vieux, y en la «Maison Pujol», que se anuncia como el «Le Comptoir du Foie Gras», al lado del mercado, de Les Halles. Se puede estar en la barra tomando la cerveza y probando alguna tapa a unas horas en las que parece que todo el mundo ya ha comido. En la zona, pero ya a la caída de la tarde, nos topamos con un mercado callejero que ocupaba mucho más que el que todos los días se instala en la explanada de la avenida de Victor Hugo, frente a la Iglesia de Saint-Joseph. Me llamó la atención el nuevo mobiliario urbano. Unos grandes cubos de hormigón sobre los que algunos viandantes descansaban y consumían algún producto comprado en los puestos. Por la mañana, por la Rue Gambetta, una máquina con pala excavadora provocaba una breve retención del tráfico al colocarlos en uno de los accesos para prevenir un atentado terrorista. Nuevos tiempos. En un café de la Rue Mazagran, una pizarra en el exterior anunciaba actuaciones de grupos musicales programadas para los próximos días. Ingenioso nombre el de uno de los grupos: «Sigmund und Kierkeggard Funkel». Es curioso cómo cambia el aspecto de una ciudad de playa cuando llueve. Cambian los colores y el olor no es el mismo; pero, sobre todo, uno se pregunta dónde se mete toda esa gente que hacía pocas horas llenaba las calles y la arena. Lo normal es pensar en que se queda en casa o va en masa a los centros comerciales; pero yo creo que son como las sombrillas y las hamacas, que, durante la noche y los días aciagos, se apilan y se apartan en algún sitio hasta que se sacan por la mañana los días con sol. Tras el paseo diario de hora y media —nos da igual que llovizne— y hechas las visitas a los lugares señalados, vivimos la ciudad en las terrazas —catorce euros todos los días en «Les Colonnes» por cuatro cañas— hasta lograr el objetivo de comer en el restaurante con mejor cara. En el Port des Pêcheurs, una muy buena comida en «Chez Albert» con excelentes pescados nos dio la prueba de que la persistencia puede llegar a ser tan efectiva como una buena reserva a tiempo. Buen ambiente.

jueves, agosto 10, 2017

Hojas de Biarritz (I)


Estrenar este agosto en este blog un día 10 como hoy es la mejor manera que se me ocurre de destacar el paréntesis virtual de unos días de viaje por vacaciones. Mera virtualidad, porque, si se quiere, hoy podemos viajar con todos los aparejos para escribir y mostrar casi hora a hora todo lo que nos pasa. Distinto es que uno lleve consigo un cuaderno en el que anota lo que ocurre —un jovencito a la puerta de la Iglesia de Saint-Joseph de Biarritz nos dio un pequeño recorte en cartulina azul que parece una nube de tebeo que dice: «Sachez tirer parti du présent. / Que votre langage soit toujours aimable, / plein d'à-propos, / avec l'art de répondre à chacun / comme il faut.» —Col 4, 5-6). Ese pasaje de la Epístola a los Colosenses del Nuevo Testamento —aprovechad el tiempo presente, que vuestra forma de hablar sea amable, de buen gusto, y sabiendo responder a cada uno como corresponde— va dirigido a los que no confían en Cristo, a los que vienen de fuera, como nosotros esa tarde, que pasamos del ambiente festivo de un mercado bullicioso a la quietud de la nave de una pequeña iglesia en la que una monja acompañada de otra joven al violoncelo cantaba canciones cuyas letras podíamos seguir en los folios que había en los bancos del templo. C. dijo algo parecido a que a ella le gustaría dedicarse a eso. También dijo cuando llegamos a Biarritz que algunas calles y fachadas le parecían conocidas por haberlas visto en películas. A mí también; con Ava Gardner y Tyron Power en Fiesta (1957); pero no, la verdad es que las películas más evidentes que pudimos rescatar de las rodadas allí fueron Lo verde empieza en los Pirineos (1973), con José Luis López Vázquez, Pepe Sacristán y Nadiuska, El reprimido (1973), con Antonio Ozores, Alfredo Landa y Enma Cohen. Lo de Ava y Tyron queda para el Hôtel du Palais —nos denegaron la entrada como visitantes—; y lo nuestro quedó en el Mercure Plaza Centre Biarritz que tiene su aire de art déco y su nombre tan bien puesto que no se me ocurre ahora mejor sitio en Biarritz para quedarse en su puro centro. Hay otra película que tiene a esta ciudad como escenario y que se titula El rayo verde (1986), de Eric Rohmer, y que me vendrá bien para relatar otro escenario. La verdad es que el hotel es excelente. Habitación 209.

viernes, julio 28, 2017

Fin de curso

Al volver del paseo estos viernes vuelvo con mis monedas en una faltriquerita casi secreta que tiene el nuevo pantalón corto que elegí hace unas semanas en un pasillo de Eroski frente a unos sujetadores de señora. Me cuesta, no crean, de tan secreta, sacar las piezas para pagar mi ejemplar de El Cultural, de venta «conjunta e inseparable con El Mundo» y que me venden sin él. Antes venían pocos y algunos días me decía B. en el kiosco: «—Ya se lo ha llevado Liborio Barrera (*)». Hoy, bien temprano, me he llevado la que debe de ser la última entrega hasta septiembre. Lo dice en su sección «Mínima molestia» Ignacio Echevarría  —«esta última columna del curso»— con su viva recomendación de Huracán en Jamaica, la novela de Richard Hughes, que acaba de reeditar Alba Editorial. Ya sabía por Álvaro Valverde que incluía también tres nuevas reseñas suyas de sendos libros con poemas, el Cuaderno ruso de Alfonso Armada (Bartleby), El mundo se derrumba y tú escribes poemas, de Juan Cobos Wilkins (Fundación José Manuel Lara) y la edición de la académica Clara Janés de Las primeras poetisas en lengua castellana (Siruela), una ampliación y actualización de una antología que publicó Endymion en 1986. Ahora son cuarenta y tres poetisas, incluidas las extremeñas Luisa de Carvajal y Catalina Clara Ramírez de Guzmán. Otra afinidad trae este ejemplar de El Cultural, porque en la página 19 está la reseña que Pilar García Mouton ha escrito sobre un libro que tengo encima de mi mesa y estoy terminando de leer con especial disfrute: María Rosa Lida & Yakov Malkiel, Amor y filología. Correspondencias (1943-1948). Edición y prefacio de Miranda Lida. Prólogo de Francisco Rico (Barcelona, Acantilado, 2017). Que incluye la edición de las Cantigas de amigo de María Rosa Lida que da y comenta Francisco Rico, y las más de ciento treinta páginas de notas y comentarios a toda la correspondencia a cargo de Juan Miguel Valero. Finalmente, la página de cierre —salva sea la parte de la publicidad— trae el cuestionario a Cayetana Guillén Cuervo, que, nacida en Madrid en 1969, dice que «siendo muy niña» su padre puso en sus manos El péndulo de Foucault, de Umberto Eco, que se publicó en 1988. La «muy niña» tendría 19 añitos, digo yo. Pues nada, otros que cierran hasta septiembre. 


(*) Me gustan sus notas de diario Como aire africano (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2017). En estos últimos años no me había hablado tanto en ninguno de nuestros esporádicos encuentros.