sábado, diciembre 03, 2016

Víctor Infantes (y III)

Otra de las líneas principales de las investigaciones de Víctor Infantes es la que atiende a los aspectos materiales de la difusión cultural como la edición, la tipografía, la historia del libro o los modos de lectura desde el siglo XV hasta el siglo XVIII, que, en esto último, se han materializado en De las primeras letras. Cartillas y doctrinas para enseñar a leer de los siglos XV y XVI (1998), y que se materializarán en otros dos tomos, en colaboración con Ana Martínez Pereira, sobre los siglos XVII y XVIII. Uno de los empeños más destacables del mundo de la investigación histórico-literaria española en los últimos años es el proyecto codirigido por Víctor Infantes junto a François Lopez y Jean-François Botrel sobre la Historia de la edición y la lectura en España (siglos XVI-XIX), en prensa aún, pero en cuya órbita están algunas contribuciones publicadas (ver, por citar un solo ejemplo, Les Livres des Espagnols à l’Époque Moderne en un impagable tomo del Bulletin Hispanique de 1997). Víctor Infantes, además, ha rescatado en ediciones esmeradas piezas singulares de nuestra historia literaria, diálogos, narrativa popular, y ha fijado los caracteres de un género esencial en un libro completísimo como Las Danzas de la Muerte. Génesis y desarrollo de un género medieval (siglos XIII-XVII), editado en Salamanca en 1997. Su trayectoria, pues, es ejemplar por cantidad y calidad. Buena cuenta de ella dio la publicación de su Primera bibliografía (1977-1997), Madrid, Memoria Hispánica, 1998, en la que se refleja también su asombrosa labor como diseñador, tipógrafo y editor de libros. En los estudios bibliográficos y bibliofílicos, Víctor Infantes demuestra rigor al tiempo que una pasión amena y deleitosa, y es que mantengo que dedicación tan espesa para tantos no tiene otra forma de ser digerida que desde la vivencia del folio previa a la exégesis del mismo. Pero, siempre, con ese retrogusto del sensible que puede comprobarse en sus estudios sobre bibliotecas o sobre los libros ausentes de un inventario a la vez que uno repasa con delectación los comentarios a los preceptos citados de Klett y Da Cunha. Un placer para el que vive junto a los libros leer estas glosas a preceptos como no leer en la cama, no poner notas marginales a los libros, no doblar las puntas de las hojas, no cortar con negligencia los libros nuevos, no garabatear nuestro autógrafo en las páginas de título, no poner en un volumen de un peso una encuadernación de cien pesos, no mojar la punta de los dedos para pasar las páginas, no leer comiendo, no fiar los buenos libros a malos encuadernadores, no fumar leyendo para no dejar caer las cenizas del cigarro sobre el libro, no arrancar de los libros los grabados, no espatarrar el libro como para encularlo cuando es fácil poner una señal para seguir leyendo, no hacer secar hojas de plantas dentro de los libros, no estornudar sobre las páginas, no dejar los libros en cajones por la necesidad de aire de lo que necesita tanta vida, etc. Un placer. Un libro de cabecera. Y una inmejorable carta de presentación de un bibliógrafo, de un estudioso ejemplar, de un bibliófilo de amplio espectro que vuelve a esta su casa de la Unión de Bibliófilos Extremeños.

Publicado como «Primera parte de El Bibliófilo Víctor Infantes», en Gazetilla de la UBEx, número extraordinario, 2003, con motivo del Día del Bibliófilo. Homenaje a Víctor Infantes, Trujillo, 20 de marzo de 2003, págs. 2-3.

Víctor Infantes (II)

PRIMERA PARTE DE «EL BIBLIÓFILO VÍCTOR INFANTES»

Aquí se contiene la dulce y verísima relación parcial de la trayectoria de un bibliógrafo, bibliófilo, erudito y sabio hombre sensible con buenos fines y de lo que ha dado a conocer como hijo de sus obras. Impresa con licencia por la UBEx, que le recibe, en este año de dos mil y tres, en el mes de marzo, a los pocos días de la muerte de don José Manuel Blecua y en tiempos ya de guerra infame.
Son más las ocasiones —salvo que leamos poco y que sólo leamos a los amigos— en las que, con Cervantes, conocemos las obras, los libros, antes que a sus hijos, o sea, a sus autores. Según mi chato razonamiento y evocando aquello de que cada uno es hijo de sus obras, que dijo don Quijote ante el rico labrador Juan Haldudo, vecino del Quintanar, se trata de que el autor, creador y padre de siempre, no es más que criatura e hijo de lo que ha hecho. O sea, que cada uno es hijo de sus obras. Y nótese que la frase queda recogida en el Vocabulario de refranes y frases proverbiales del maestro Gonzalo Correas, extremeño de la Vera, editado modernamente (1992) por el maestro Víctor Infantes, hijo, así, de esta obra. Son, pues, más las veces que conocemos los libros antes que a sus autores. Y al maestro Víctor Infantes, que ahora llega aquí por librescos vericuetos y liberales vericuentos, conocí antes por sus obras, que son las que justifican esta verdadera relación. Corría mi tercero de carrera cuando cayó en mis manos su edición de Visor de la Dança de la muerte, y a partir de ese momento (1982), para ese estudiante de filología, el nombre de Víctor Infantes se formaliza. Luego, o sea, después, a algunos nos llega el momento de toparnos con la realidad visible del hijo de la obra, y a mí me llegó esa realidad en dosis siempre escuálidas comparadas con las que a lo largo de estos años me han ofrecido sus escritos. La contemplación admirada de la edición corregida y actualizada del Nuevo Diccionario Bibliográfico de Pliegos Sueltos Poéticos (siglo XVI) de Rodríguez-Moñino, publicada en 1997 por Castalia y la Editora Regional de Extremadura —¡qué importante esta presencia!—, que cuidaron y mimaron Víctor Infantes y Arthur Askins, al lado de mi encuentro con el primero en Badajoz en unas jornadas bibliográficas organizadas por la UBEx. La lectura de un texto sobre poesía visual y sobre un extremeño como Antonio Gómez al lado de un encuentro con Víctor Infantes en la Universidad Complutense en el Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas en el que se habló del Lazarillo de Barcarrota. La lectura, por fin, de una deliciosa glosa de la glosa, desde Harold Klett a Xavier da Cunha, en La Biblia de los Bibliófilos (2000), al tiempo de una honrosa colaboración con el sabio doctor Infantes en una sabia tarea relacionada con los libros y con su estudio, hace pocos días, con Julián Martín Abad, otro sabio.  La labor desarrollada en los últimos treinta años por Víctor Infantes, que da clases de literatura española en la Universidad Complutense, ha recorrido aspectos de nuestra historia cultural muy necesitados de atención y de revisión. Aun con predecesores tan colosales como Rodríguez-Moñino, Eugenio Asensio, José Manuel Blecua, Máxime Chevalier, G. Di Stefano, Mª Cruz García de Enterría, etc., algunos trabajos de Infantes se han convertido en obras inapelables por su rigor. Los varios centenares de ensayos publicados por este investigador se han centrado principalmente en la historia literaria de la Edad Media y de los Siglos de Oro (En el Siglo de Oro. Estudios y textos de literatura áurea, publicado en 1992, reúne artículos diversos desde 1980 a 1989), con aportaciones fundamentales en campos como el de la literatura popular y sus formas de difusión, con el estudio de los pliegos sueltos, por ejemplo, en repertorios y análisis de excelencia, como su edición y estudio, en colaboración con Pedro Cátedra, de Los pliegos sueltos de Thomas Croft (Siglo XVI), de 1983, o su balance bibliográfico sobre los pliegos sueltos poéticos del siglo XVI que publicara en el homenaje a D. José Simón Díaz en 1988, o esa reedición fundamental ya citada del diccionario de pliegos sueltos de Rodríguez-Moñino. (Sigue)

Víctor Infantes (I)


Otra mala noticia. Ayer, viernes 2, pasadas las nueve y media de la noche, en un correo electrónico mi compañero José Roso me comunicaba que acababa de saber que había muerto Víctor Infantes, catedrático de literatura española en la Universidad Complutense de Madrid, investigador de la Edad Media y del Siglo de Oro, experto bibliófilo. No podía creerlo. Nada sabía de una enfermedad grave, salvo sus achaques en una pierna por un percance de hace unos años. Hace menos de quince días atendió amablemente a una alumna mía de máster sobre una consulta sobre Bartolomé José Gallardo, y el día 24 de este mes pasado le escribí agradeciéndoselo. No he podido saber más que la confirmación de la noticia, por parte de algún colega; y nada de Nieves Baranda, su esposa, catedrática de literatura española en la UNED. Solo en Wikipedia encuentro la fecha de su muerte: 30 de noviembre de 2016. El mismo día que ha muerto mi madre. No sé qué pasará este año con su puntual aguinaldo de todas las Navidades, en compañía de su inseparable, en materias tipográficas, José Manuel Martín, de Gráficas Almeida de Madrid. Ojalá perviva, en memoria de Víctor. A finales de marzo de 2003, la Unión de Bibliófilos Extremeños (UBEx) homenajeó a Víctor Infantes en el Día del Bibliófilo, cuando todavía se celebraba en Trujillo, y en la hoja volandera que siempre se edita, en la Gazetilla de la UBEx. Aldabada de la España profunda, publiqué un texto sobre él junto a una entrevista («Los libros: esos maestros de vida») que le hizo Paloma Morcillo Valle. En marzo de 2010, Víctor Infantes dictó su conferencia «Antonio Rodríguez-Moñino (1910-1970): la memoria impresa de una vida» en la Biblioteca Pública de Cáceres, como acto inaugural de la conmemoración del centenario del nacimiento del insigne bibliógrafo extremeño —al que pertenece la foto de arriba. Al concluir aquella conferencia, una señora se acercó a la mesa para felicitar a Víctor por su extraordinaria semblanza y le agradeció muchísimo haberle enseñado que Rodríguez-Moñino era algo más que el nombre de la calle en la que ella vivía. Luego participó como coordinador del simposio que celebramos en Cáceres («Antonio Rodríguez Moñino en la cultura española (1910-2010)») en noviembre de ese mismo año 2010. Recupero en las siguientes entradas el texto que escribí para aquel homenaje de los bibliófilos extremeños. Nótese, marzo de 2003.

Palabras para Justa


Va a ser difícil escribir sin verte. No puede ser igual componer algo sobre un insignificante personaje ilustre de la historia —como acostumbramos hacer varios de tus hijos— que recrearte con la imponente certeza de no estar dibujando al natural tu imagen. Al natural lo hice en varias ocasiones; seguro que te acuerdas. Por si acaso, te pongo este enlace a unas palabras con motivo de uno de tus aniversarios. Va a ser difícil escribir. Si tú no estás, me falta la gramática con todas sus partes; por mucho que me esfuerce a partir de ahora en reconstruir tu elegante morfología, tan bien llevada, con todos tus años, tus cariños sintácticos y tus quejas fonéticas cuando tocaba quejarse. Te confieso que la otra noche, cuando ya te habías ido, temía que sonase una llamada parecida a aquellas que nos ponían en alerta de que nos necesitabas. Estoy convencido —lo he estado las horas que he pasado contigo en los primeros instantes de tu muerte— de que has venido sintiendo cada una de las veces que hemos ido a ver cómo respirabas. Hasta que no lo hiciste. Ahora que lo dices, es verdad que lo realmente fácil va a ser verte si te escribo. (Mi madre, Justa Hernández Mejías —Zafra, 29 de agosto de 1923— falleció el miércoles 30 de noviembre de 2016, a las 17:20 horas, en la ciudad en la que nació).
[Cuadernos del Matemático, núm. 51-52, marzo 2014, págs. 49-50]

domingo, noviembre 27, 2016

El primer día


Uno de los mejores ejemplos de que el discurso poético de ruptura que viene desarrollando Julio César Galán (Cáceres, 1978) no puede disociarse de un eje temporal, de una concepción diacrónica del texto, es esta trilogía de tan expresivo título como El primer día (Sevilla, Ediciones de La Isla de Siltolá, 2016). El ordinal marca un punto de partida en una línea de tiempo y dentro encontramos un primer libro titulado Para comenzar todo de nuevo, que contiene el sema esencial de una revisión en toda regla, una especie de consciente retrospección sobre un material poético que se convierte en un elemento inductivo de la memoria, como un álbum de fotos que activa el recuerdo. Ese material está conformado por ese primer libro y por dos más: Con orejas de trébol y Montoncitos de desnudez; y los tres se sitúan en un dilatado espacio de años, desde 1996 hasta 2015, en dos fases, una de siete años hasta 2003, y otra, más larga, de doce, como explica la «Nota del autor» que abre el libro. Toda esta propuesta cuya cara más visible es la de la ruptura y dislocación del texto poético en todos sus niveles, desde la grafía a la estructura, está en permanente contacto con una secuencia cronológica real, con la idea de proceso. Así, el libro alude permanentemente al tiempo y al paso del tiempo, con la indicación de horas y minutos —poema «(Muñeca rusa)»—, con la prevalencia de un verso («como el primer año de vida», en página 36), con la datación de poemas, de trozos de poemas, de notas o de versos («Ya eres: 22/12/2015. Estás en casa con tu hijo»), poniendo de manifiesto que el texto se inscribe en una secuencia temporal que puede partir de un momento anterior al texto, continuar en dos o tres fases de su escritura y reescritura y que se materializan en dos o tres versiones («Versión original», pág. 45), y concluir, sencillamente, en «el instante en que el autor termina el libro», del último verso de todos. Así pues, la idea de ruptura de la poesía limada de Julio César Galán, tan espacial, tan notoriamente pegada a una superficie textual, es la que se impone; pero debajo está esa corriente que no es palabra sino tiempo. Eso sí, lo que subyuga al lector y lo que pide a éste el autor —o las voces del autor— tienen que ver con el enunciado poético que rompe el verso, la estrofa, el poema, el libro; que traspasa límites genéricos y adopta formas del ensayo o del cuadro dramático; y que, conceptualmente, subvierte o relee un canon y una manera de comprender la vida. Nada nuevo, pues. La ruptura puede estar en un idilio de Iglesias de la Casa como en un poema de Leopoldo María Panero; y tan convencional, a estas alturas, puede llegar a ser un caligrama que un soneto. El lector siempre estará ahí. Por eso, el de Julio César Galán es un proceso nada convencional de construcción de una obra, variado, muy interesante entre los que conocemos en la poesía española actual, y en el que no han faltado tanteos de todo tipo en diferentes géneros —teatro, ensayo, poesía—, formulaciones teóricas como la antología Limados. La ruptura textual en la última poesía española (Edición y prólogo de Óscar de la Torre. Epílogo de César Nicolás y Marco Antonio Núñez. Madrid, Amargord Ediciones, 2016) y ahora un compendio cronopoético como El primer día. Para leer con tiempo.

viernes, noviembre 25, 2016

Ángel


Creo que es el nombre que más veces aparece en este blog desde su apertura en junio de 2005. Ángel Campos Pámpano. Hoy se cumplen ocho años de su muerte y hoy mismo, en su pueblo, se organiza un acto en su recuerdo en la casa materna de San Vicente de Alcántara, en la que también se impondrá la evocación de Paula Pámpano, la madre del poeta, fallecida en abril de 2001, la protagonista de la sentida elegía La semilla en la nieve, uno de sus libros más eminentes. Varias veces he dicho en público que me acuerdo todos los días de Ángel, que hay circunstancias de mi vida, objetos en mi casa, libros en mi biblioteca o conversaciones que me traen todos los días la grandeza del amigo escritor con el que todos los años desde su muerte buscamos reencontrarnos allí donde nació. En esas ocasiones he apreciado en quienes me escuchaban un gesto de incredulidad, una manera de callarse por respeto que eso no puede ser, que algo debo de exagerar. Para ellos será así. Noviembre siempre es más propenso a su recuerdo; pero este ha sido especialmente memorioso por varios hechos. La convocatoria de la tercera edición del Premio Hispano-Portugués de Poesía Joven que lleva su nombre. El encargo que me hizo Juan Ramón Santos, presidente de la Asociación de Escritores Extremeños, para preparar la entrada de Ángel en el nuevo Diccionario de Autores que va creciendo en la página de la AEEX. En ello estoy, en volver a sus textos y a su vida para disponer una nota bio-bibliográfica. El recuerdo siempre puntual de Carlos Medrano, que este año nos ha traído un texto en homenaje a la poesía de Ángel del joven poeta Carlos García Mera. O la lectura de un espléndido y contundente libro de poemas de un gran amigo de Ángel, Tomás Sánchez Santiago, Pérdida del ahí (Armargord Ediciones, 2016), en el que ha incluido aquel poema en prosa («Cuarto aniversario») que le dedicó y que terminaba: «Contrario al epitafio consabido, la levedad ha llegado a hacerse tierra. Transferencia espesa. Rumor que dio en cal porque nombrarte ya es fijarte a lo que importa, ponerte en pie sobre los pedestales donde aguantan, indemnes, las melodías sobrevenidas y los rostros necesarios. Ángel.» (pág. 72). Así que me consuelo pensando en que soy como el pajarillo solitario del salmo (Vigilavi et factus sum sicut passer solitarius in tecto), menos sublime, más mundano, y que desde aquí arriba sigo ayudando a mantener viva la memoria de los hechos y los textos de mi amigo Ángel Campos Pámpano. Y me imagino que lo tengo sentado al lado mientras yo conduzco, como tantas veces, llevándolo de un sitio a otro. Hoy, por ejemplo, le llevaría a su pueblo, a San Vicente de Alcántara. A su homenaje.




jueves, noviembre 24, 2016

Esto no es la literatura (I)


Cuando leí el 23 de septiembre pasado en El Cultural el artículo de Ignacio Echevarría «Memoria borrada» —el reclamo de la portada era más llamativo: «Bolaño borrado. La historia silenciada de los inéditos del escritor»— me irrité porque se aireaba, como si fuese una noticia literaria de importancia, un asunto particular sobre el que muy pocos pueden tener opinión fundamentada. Hoy, El País, para criticar el estúpido e ineducado gesto de Unidos Podemos de ausentarse ayer durante el minuto de silencio que se guardó en el Parlamento por la muerte de Rita Barberá, ha llevado al editorial que «el populismo busca la diferenciación con gestos, afirmaciones o espectáculos destinados a ocupar las primeras páginas de los periódicos y las aperturas de informativos de radio y televisión». Acabáramos. Como si la política, en general y de todo color, no tuviese el golpe de efecto como un principio definitorio. Y los actores mediáticos. Y los expertos en publicidad. O los periódicos en connivencia con las editoriales, como El País. Hoy, en el mismo periódico, publica Ignacio Echevarría una réplica —«Desmentido de un presunto albacea»— al artículo de Carolina López, viuda del escritor chileno, publicado ayer también en El País —«La verdad sobre Bolaño». ¿Pero la verdad sobre Bolaño no está en su literatura? ¿De verdad van a venderse más libros de Roberto Bolaño por esto? Desgraciadamente, sí; hay que admitirlo. Aunque, en fin, algunos ingenuos computemos en cuentas distintas los libros que se venden y los libros que se leen, porque nos vale más que se lean, que es la única manera de saber desobedecer a los que mandan. No. Esto no es la literatura. La literatura es la obra escrita por Bolaño, sus libros, que no sé si la gente lee con la misma gana y el mismo aprovechamiento que estos líos que no sobrepasan los tabiques de los más allegados y a los que se da tratamiento periodístico de revelación. La obra de Roberto Bolaño se funda en la derrota, escribió Miguel Casado en un luminoso ensayo sobre la poesía —sí, la poesía— del autor de 2666 —Miguel Casado, Literalmente y en todos los sentidos. Desde la poesía de Roberto Bolaño, Madrid, Libros de la resistencia, 2015—; y algunos están empeñados en sacar el partido que sea a su posteridad. Qué lejos esto de las ideas-juego de Amalfitano, el personaje de la novela citada, qué lejos de convertir el caos en orden (literario).

miércoles, noviembre 23, 2016

Lecturas


Hay semanas en las que leo más páginas inéditas que textos ya publicados. Debe de ser lo más parecido al oficio de editor. Novelas y libros de poemas impresos en folios y encuadernados en canutillo, tesis doctorales... ocupan buena parte del tiempo de un profesor que, además, puede leer también originales de premios literarios en los que participa, libros de amigos y trabajos de fin de máster o de grado. Uno siempre tiene que compaginar estas lecturas inducidas con las elegidas; pero las primeras pueden ser de libros ya publicados para los que alguien solicita una reseña o un comentario. Yo me refiero ahora a esas páginas que también hay que leer por razón profesional, pero que no ven la luz, y, si la ven, es tan escasa que casi no tienen eco; y tu lectura, pasado el tiempo, resulta ser algo así como un acto secreto e invisible, sin trascendencia alguna. Pero de enorme importancia, a mi parecer. Por esto, a veces sonrío cuando me preguntan si he leído la reciente novela de — valga el caso— Fernando Aramburu. (Excelente, dicen lectores de los que me fío). Mi ritmo de lectura es otro. Alguien diría, para no provocar, que es un modo de lectura que intenta ser honesto —en el que la completitud es el colmo de la honestidad—; pero yo digo que mi modo es otro, más lento, simplemente. Y por esto mismo, a veces reparo en que aún no he leído las obras completas de Teresa de Jesús y que sigo posponiendo la de Le Père Goriot —dos gotitas en una inmensidad— y me invade el desasosiego de arrojar al jodido contenedor de papel tanto folio en canutillo. Nunca lo hago. Ni lo haré. Modos de lectura, en fin.

viernes, noviembre 18, 2016

Contra la democracia


Está claro que no sirvo para la crítica de urgencia. A veces sí, a veces no. El pasado sábado 5 de este mes de noviembre —media entrada en el Gran Teatro de Cáceres— fuimos a ver Contra la democracia, el más reciente montaje de Teatro del Noctámbulo. La obra de Esteve Soler fue Premio Serra D'Or al mejor texto teatral de la temporada 2012 y es la pieza central de la trilogía que compone con Contra el progreso y Contra el amor y que expresa un modo de indignación ante la deturpación de conceptos tan indispensables. Solo tengo noción muy superficial de los numerosos montajes del texto en varios países de Europa; pero intuyo que el de la compañía extremeña —quizá por la perspectiva que le ha dado el tiempo trascurrido— es uno de los más sólidos y más destilados. Esto de la destilación del texto es importante. Porque Contra la democracia, que parece nacido de las brasas del movimiento del 11-M de 2011, y reivindica derechos o valores que, desdichadamente, siguen sin consumarse, es, en lo que a esa reivindicación se refiere, demasiado previsible, elemental y sinóptico. Más eficaz ante un público joven al que hay que mostrar el atropello; y no tanto ante el ya indignado por el abuso. (Poco público joven había en el Gran Teatro esa noche). Y claro que es insostenible la acumulación sin término de riquezas de unos países en un mundo con los recursos naturales limitados, claro que es verdad lo que se dice; pero hay formas no tan básicas de decirlo. Incluso con la lectura —como se hace— de frases que van pautando un texto sugerente y variado, distribuido en siete cuadros, y que es pretexto para lo que fuimos a ver y felizmente vimos. Un excelente montaje teatral sostenido con la garantía de una cabeza de cartel en la que están José Vicente Moirón y Memé Tabares —que interpreta su papel con una férula en su brazo izquierdo. Acompañados en escena por un experimentado y solvente Gabriel Moreno y una joven Marina Recio ávida de rodaje. Saben muy bien representar unos cuadros escénicos que parecen remitir a la tradición teatral parisina del Grand Guignol con contenidos terroríficos —gore—, absurdos o de impacto social. El motivo escenográfico de la telaraña, que ambienta el primer cuadro en el que una mujer da a luz a un artrópodo que todo lo devora, se mantiene simbólicamente a lo largo del resto de secuencias, en las que, entre otras, salen políticos corruptos —qué novedad—, la exmujer de un político corrupto —qué novedad—, un amigo que derriba a otro de una pedrada y se sube a su despojo, unos vecinos incapaces de saber qué hay después del número 6, ni del piso sexto, una mujer afgana que nos increpa sobre su libertad y su presidio o dos sátrapas, dos villanos, dos genocidas que someten a una camarera representados en Leopoldo II de Bélgica y  Dick Cheney, vicepresidente de los EEUU entre 2008 y 2011. Todo se nos muestra como el resultado inapelable de lo que hemos construido y estamos construyendo. Aunque yo me apeo; pues quiero contribuir con todos los instrumentos a mi alcance —el otro sábado, con una entrada de teatro— para que nada de lo representado siga siendo irremediablemente real. Hay que felicitar a Teatro del Noctámbulo por este trabajo y recomendarlo para que se conozca esta manera tan profesional de levantar en escena un texto para que sea premiado. Y porque, en una democracia tan precaria como la que tenemos, relatos así siguen siendo necesarios. Lo dicho: Contra la democracia, de Esteve Soler. Por Teatro del Noctámbulo. Intérpretes: José Vicente Moirón. Memé Tabares. Gabriel Moreno. Marina Recio. Dirección: Antonio C. Guijosa. Escenografía: Mónica Teijeiro. Vestuario: Rafael Garrigós. Iluminación: Daniel Checa. Caracterización y maquillaje: Pepa Casado.

jueves, noviembre 17, 2016

Gil Novales


Me ha sorprendido la noticia de la muerte este pasado lunes de don Alberto Gil Novales (Barcelona, 1930-Madrid, 2016), que he sabido por la esquela puesta hoy en El País por la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Lo lamento mucho. Mi trato con él siempre estuvo asociado al estudio de la cultura y del pensamiento en la España de los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX, en el que él siempre ejercía de maestro y yo de aprendiente. Su recuerdo ahora aviva el de Fernando Tomás Pérez González (1953-2005), en cuya tesis doctoral, defendida en Madrid en marzo de 1999, coincidimos. Posteriormente, vino a Cáceres en enero de 2006 para decir una conferencia «A propósito de educación y cultura en el liberalismo temprano», en un homenaje, precisamente, a Fernando T. Pérez en la Facultad de Filosofía y Letras —«la aspiración a una vida civilizada y culta no desaparece para siempre por que un pueblo haya sido derrotado una vez, o dos o más veces», dijo allí—; y luego participó en el congreso sobre Espronceda que celebramos en Almendralejo en 2008, en el segundo centenario de su nacimiento. Uno de nuestros últimos encuentros fue en Cádiz en octubre de 2012, en el V Congreso Internacional de la Sociedad Española de Estudios del Siglo XVIII, cuando tuve el honor de presentar —en la fotografía— su ponencia plenaria «Ilustración, pensamiento utópico y Constitución». Recordé allí el recuerdo que le dedicó Juan Goytisolo en un artículo publicado en el diario El País (2 de octubre de 2011) al referirse a su primera obra, Las pequeñas atlántidas. Decadencia y regeneración intelectual de España en los siglos XVIII y XIX (Barcelona, Seix Barral, 1959). Desde aquellos inicios don Alberto empezó a mostrar esa actitud especial del historiador con su objeto de estudio, que ayuda al progreso y bienestar de una sociedad a través, como él, de la investigación sobre las claves de su modernidad, desde el fin del Antiguo Régimen hasta momentos y figuras principales de todo el siglo XIX. Fue profesor en la Universidad Complutense de Madrid, tras haberlo sido desde 1964 en las Universidades de Madrid y Autónoma de Barcelona, y haber impartido también historia y literatura española e hispanoamericana en Estados Unidos. En la historiografía contemporánea son ineludibles sus trabajos Derecho y revolución en el pensamiento de Joaquín Costa (1965); su clásico extraordinario Las Sociedades Patrióticas (1820-1823) (Madrid, Tecnos, 1975); El Trienio Liberal (Madrid, Siglo XXI, 1980) o el Diccionario Biográfico del Trienio Liberal (1991), que tuvo sus ampliaciones por secciones regionales en el Diccionario con los personajes extremeños, que publicó la Editora Regional de Extremadura en 1998 o en el Diccionario biográfico español. Sección aragonesa que editó el Instituto de Estudios Altoaragoneses en 2005.  Estas últimas obras han sido pasos firmes hacia la magna creación de toda una vida, nunca mejor dicho, en el Diccionario Biográfico de España (1808-1833). De los orígenes del liberalismo a la reacción absolutista. Madrid, Fundación Mapfre, 2011, 3 vols. 25.000 entradas biográficas. En 1983 fundó la revista Trienio. Ilustración y Liberalismo, que se sigue publicando gracias a su colaborador Lluís Roura. A éste y a su discípulo Juan Francisco Fuentes debimos el homenaje que se publicó en Editorial Milenio, de Lérida, en 2001, bajo el título de Sociabilidad y liberalismo en la España del siglo XIX. Homenaje a Alberto Gil Novales. En ese volumen había una relación de más de doscientos cincuenta ítems de lo publicado por Gil Novales. Han pasado quince años desde aquello y hasta hace muy poco don Alberto no ha parado de trabajar y publicar —en el número 66 de Trienio, de noviembre de 2015, unas cartas de Alfonso Reyes y Roland Mortier—.  Escribió: «No quiero decir que baste la cultura para que el hombre llegue a ser hombre: sin la cultura el salto será gallináceo, pero es necesario para la perfecta hominización que actúe la voluntad de cada uno de nosotros, la voluntad de proceder con criterios éticos, la voluntad de contar con los demás y de respetarlos, aunque el prójimo tenga otro color de piel, tenga otra religión o no tenga ninguna...». Mi abrazo y mi recuerdo.