jueves, noviembre 16, 2017

viernes, noviembre 10, 2017

Día de las Librerías


Ayer me adelanté a la celebración del Día de las Librerías. Anduve varios kilómetros y logré convertir un recado —recoger unos papeles— en una caminata con el mismo aire deportivo que cuando subo solo a la Montaña —chubasquero, zapatillas y auriculares por los que me llegaban las palabras del escritor Jordi Puntí sobre su reciente libro Esto no es América (Anagrama), con nueve cuentos que también han aparecido en edición catalana, Això no és Amèrica (Empúries). O al revés, no sé—. A la vuelta, y de la misma guisa, entré en la librería «El Buscón», que es en la que siempre encuentro más novedades que me interesan y la más plural de todas las de esta ciudad en fondo editorial. Con Antonio, el librero, siempre hay conversación. Sobre los dos títulos de Juan Cárdenas que ha publicado este año Periférica. Mi duda era si el último es Zumbido —ya sé que es reedición— o El diablo de las provincias. Me llevé ambos. Jorge Barriuso, que dedicó a esta última novela no hace mucho su «Barriupedia» de Radio 3, me dijo el miércoles que le ponía más hablar de libros en cuyos créditos aparezca Cáceres o Cuenca que no Madrid o Barcelona. O la Isla de San Borondón, que él conoce como sede de Ediciones Liliputienses. Tarde dromomaníaca en la que crucé pasos de cebra con semáforos, transité por aceras deterioradas, esquivé vallas de obras, y dejé pasar una esquina tras otra; e imaginé en una de ellas —ahora no sé si lo vi o lo leí— a una mujer que toma las manos de su acompañante, hace el gesto de apretar los labios para afanarse en algo, y agita las suyas como quien da golpes suaves al corcho de una botella de vino —blanco y algo dulce. Eso fue ayer; hoy solo he pasado por el escaparate de otra librería sin pararme. Al fin y al cabo, uno no necesita ningún día de celebración para lo que forma parte de su vida. A esta hora, sigue siendo el Día de las Librerías.

domingo, noviembre 05, 2017

Jordi Gracia en Letras



Macondo


Yo no sé cuántas ciudades de este mundo nuestro tienen un callejero en el que se concentren en un barrio residencial moderno, por voluntad de sus promotores, nombres que aludan al entorno de una sola novela. En Cáceres hay una zona residencial que se llama «Macondo», con su parque del mismo nombre, su calle «Gabo», su calle «Paraíso Terrenal» y su calle «Cien años de soledad», como referencias genéricas. El resto está rotulado con los siguientes nombres: «Aureliano Segundo», «Padre Nicanor», «José Arcadio Buendía», «Coronel Arcadio Buendía», «Francisco el Hombre», «Pilar Ternera» y «Dr. Alirio Noguera». Ahí es nada. Tengo amigos y conocidos que viven en esas calles. Aunque solo fuese por eso, podrían acercarse el miércoles a la conversación pública hasta completar aforo que vamos a tener en el Instituto de Lenguas Modernas de Cáceres —desde las 19:00 horas— sobre Cien años de soledad. Participarán, moderados por mi compañero Ignacio Úzquiza González, profesor de Literatura Hispanoamericana en la UEX, estos cuantos lectores de la novela de García Márquez: Jordi Gracia, Juan Domingo Fernández, Jorge Barriuso y Gonzalo Hidalgo Bayal. Organiza la Fundación Europea e Iberoamericana de Yuste.

miércoles, noviembre 01, 2017

El silencio de los muertos


Día de difuntos. He leído, tomando una cerveza, solo, en la plaza más bonita de Cáceres, los dos periódicos que compro desde hace décadas —el Hoy y El País. Salvo la corrección social de saludar y hablar de lo consuetudinario con los camareros conocidos y con un matrimonio amigo que disfrutaba del mismo momento en la misma plaza y en otro sitio, no he hablado con nadie en todo lo que va del día. Pan y prensa. Ahora como solo en la cocina, mientras suena en el aparato de radio un poema sinfónico del compositor libanés Bechara El Khoury —que no hay que confundir con el mandatario de allí— que han programado en La hora azul, de Radio Clásica —tengo pendiente escribir aquí que vengo notando que en esta emisora hay cada vez más palabras y menos música; no sé— y que me tomo como un cambio de plano de la altisonancia del boletín informativo a esta calma del día de los muertos. Estos, los muertos, son, en buena medida y en cierto modo los culpables de que yo hoy esté solo. Una situación habitual que vivo sin disgusto. Vaya esto por delante y por detrás. He comido un pescado al horno que tiene el mismo nombre con distinta grafía que aquel extraordinario cuento de Juan Rulfo de El llano en llamas. Sus tres sílabas, sus mismas vocales en el mismo orden, como la palabra música, como subida, como rutina. En ese cuento el hombre que habla dice del lugar que se llama Luvina que es muy triste: «Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque es oprimente como una gran cataplasma sobre la viva carne del corazón.» Es un cuento maravilloso que el otro día recomendó Miguel Díez en una entrevista en la que promocionaba su libro Cómo enseñar a leer en clase. Memorias de un viejo profesor (Reino de Cordelia, 2017) y en la que también recordó otro extraordinario cuento de su hermano Luis Mateo Díez, «Brasas de agosto». En él, el personaje se autorretrata con esa frase de «el repetido trance de verme embarcado siempre en algo ajeno que me acabe involucrando más allá de lo debido». A veces he pensado en eso cuando no he sabido decir que no a una proposición de trabajo, a un encargo; y también he pensado en las veces que no me he involucrado en lo prójimo más de lo debido, y defraudar, como tantas veces me ha ocurrido. No es malo este silencio de los muertos si sirve para sentir, entre estas cuatro paredes de la conciencia, el eco de mi firme voluntad de no hacer daño a nadie.

sábado, octubre 28, 2017

Madrid en tiempos de Francisco Aguilar Piñal

Fue lamentable, la verdad. La fotografía que tomé en el acto de Madrid el pasado jueves 26 lo dice todo. Joaquín Álvarez Barrientos, presidente de la Sociedad Española de Estudios del Siglo XVIII, y Francisco Aguilar Piñal en la mesa, sin acompañamiento de ninguna autoridad del Ayuntamiento de Madrid, en la Casa de la Villa —en el Patio de Cristales de ese antiguo edificio coronado por los bustos de personajes como Lope de Vega o Calderón de la Barca —, en donde se convocó la presentación del monumental libro en cuatro volúmenes Madrid en tiempos del «mejor alcalde». Allí estábamos, una de sus hijas, su familia, su editor, buena parte de la junta directiva de la SEESXVIII y algunos amigos y compañeros, como Pilar Martínez Olmo, la directora de la Biblioteca Tomás Navarro Tomás del Centro de Ciencias Humanas y Sociales, del CSIC en donde tantos años, en su sede de la calle Medinaceli —ahora en Albasanz—, cuando era Instituto «Miguel de Cervantes» y más, trabajó Aguilar Piñal en su impagable Bibliografía de Autores Españoles del Siglo XVIII (1981-2001). Después de la presentación de Álvarez Barrientos, en la que destacó la importancia de la obra de Aguilar Piñal, el homenajeado leyó un texto que había preparado para que lo escuchase la alcaldesa de Madrid —que había anunciado su asistencia—, en el que dio datos de la importancia de la capital en el siglo XVIII, y, sobre todo, en los años del reinado de Carlos III —1759-1788—, sobre el número de sus gentes, sobre su alimentación, su abastecimiento, su actividad teatral y de ocio —botillerías, mesones, prostíbulos—, y sobre cómo deberían corregir los folletos turísticos que muestran un «Madrid de los Austrias» que debería ser el «Madrid de los Borbones» si se quiere ser riguroso con los hechos, los monumentos y las fechas. Francisco Aguilar Piñal, «Paco», leyó su texto muy emocionado —su esposa Margarita falleció hace unas semanas— y nos encogió el corazón en varios momentos de su discurso —cuando aludió a Cataluña, a que este libro era el final de su trayectoria, y cuando se detuvo para decir que es duro hacerse viejo. Por eso fue tan desagradable que este investigador, este estudioso del Madrid dieciochesco al que le han publicado su libro en Sant Cugat (Editorial Arpegio), estuviese tan desasistido de apoyo institucional en la ciudad en la que vive y ha trabajado toda su vida. Fue lamentable, la verdad, y una satisfacción estar allí, acompañándole.

martes, octubre 24, 2017

Sintra


Hacía más de veinte años que no volvía por allí. Y sigue siendo un sitio bonito para ir. Para ir y para volver. O ir y volver desde una ciudad con más vida a partir de las siete de la tarde, cuando se queda casi vacía, las tiendas cierran y en los bares no hay casi nadie, y menos, tomando una cerveza. Ir y volver desde, por ejemplo, Lisboa. Y me he acordado del poema de Fernando Pessoa y de aquello de «Vou a passar a noite a Sintra por não poder passá-la em Lisboa / Mas, quando chegar a Sintra, terei pena de não ter ficado em Lisboa». También me acordé de esos versos de Álvaro de Campos conduciendo, claro, por la carretera de Sintra hacia Mafra en un viaje frustrado por un horario intransigente para ver la grandiosa biblioteca del Palacio Nacional. «Yo, el conductor del automóvil prestado, o el automóvil prestado que conduzco? / En la carretera de Sintra al luar, en la tristeza, ante los campos y la noche, / mientras conduzco desconsoladamente el Chevrolet prestado, / me pierdo en la carretera futura, me sumo en la distancia que alcanzo, / y con un deseo terrible, súbito, violento, inconcebible, / acelero... / Pero mi corazón quedó en el montón de piedras del que desvié al verlo sin verlo, / junto a la puerta de la casucha,/ mi corazón vacío, / mi corazón insatisfecho, / mi corazón más humano que yo, más exacto que la vida. / En la carretera de Sintra, al filo de la medianoche, al luar, al volante, / en la carretera de Sintra, qué cansancio de la propia imaginación, / en la carretera de Sintra, cada vez más cerca de Sintra, / en la carretera de Sintra, cada vez menos cerca de mí...» (Traducción de Ángel Campos Pámpano). El sábado, en los medios, un asunto principal: la mala gestión de los incendios del domingo 15 de octubre. El primer ministro António Costa y su discurso en la televisión por la noche. «Governo não mobilizou todos os meios no dia mais perigoso do ano», titulaba Expresso, que traía un informe sobre todo lo que falló en Pedrógão Grande (hasta treinta ítems). Tristeza. Y alegría también por volver a Portugal, a sentir la amabilidad y dulzura de su gente, por pasear por primera vez por un lugar que no era visitable cuando yo estuve en Sintra hace más de veinte años, la maravillosa Quinta da Regaleira que su rico propietario Augusto Carvalho Monteiro —también bibliófilo y filántropo— ideó con el arquitecto Luigi Manini a comienzos del siglo XX. Merece la pena acercarse —andando desde el centro de Sintra— a ese lugar imponente.

viernes, octubre 20, 2017

La salud de los literatos


Hace muchos años escuché decir a un poeta que presentaba a otro aquí en Cáceres que «El principal músculo del escritor, el que más se ejercita, es el pompis». Aparte eufemismo tan cursi, habría cabido añadir que es el que más se «ejercita» en actitud pasiva, sedente. Me he acordado de esto al leer la traducción que hizo un médico aragonés, Alejandro Ortiz y Márquez, condiscípulo de Goya en las Escuelas Pías de Zaragoza, y de quien tomé nota después de leer un libro que me enviaron para reseñar, de un tratadito del médico suizo Tissot, el que escribió la disertación L'Onanisme (1769), en la que decía que la masturbación, al incrementar la presión sanguínea en la cabeza, conducía a la locura, y, a veces, a la muerte. Samuel-Auguste Tissot, cuando tomó posesión de su cátedra de Medicina en Lausanne, pronunció en latín un discurso que tenía por objeto la conservación de los literatos. En la traducción de 1771 del médico aragonés leemos: «Dos son las principales fuentes de donde nacen las enfermedades de los literatos: el trabajo continuo del alma, y el perpetuo descanso del cuerpo» (pág. 1). Yo —literato en el sentido dieciochesco del término, de uno que escribe sobre lo que sea en su blog— me esfuerzo en fomentar —reconozco— lo primero y en mitigar lo segundo. Por eso, y aun así, en dicho orden, caigo enfermo. Pero tengo la firme voluntad de reponerme, como sería la de aquel Alejandro Ortiz y Márquez cuando llevó a la «Advertencia» de la última página de su libro lo siguiente: «Mr. Tissot acaba de honrarme con carta suya, su fecha de 3 de mayo, y en virtud de su contenido, he resuelto diferir la publicación de algunos obras del mismo autor que tengo traducidas, con el fin de presentarlas al público en otro grado de perfección» (pág. 160). Qué le diría. Lo que me diría un médico si fuese a su consulta. Mal, muy mal...