sábado, agosto 27, 2016

Verum est id quod est


«Hay más catetos en el poder que perros descalzos» —Luis Arroyo Masa— La verdad es lo que es está en el capítulo V del libro II de los Soliloquios de San Agustín; y la frase de Luis en un comentario de 28 de abril de 2014 a una entrada de este blog publicada dos días antes sobre la presentación frustrada de un libro de poemas de José Antonio Zambrano. El aserto del peleño al caso de una cultura gestionada por un poder negligente, además, llevaba la perla delante de un «En fin... zorro macatín», que es fórmula de algún juego infantil. Luis precisó: «Como dicen en mi pueblo». Lo dirán. Siempre se aprende con Luis. 

sábado, agosto 20, 2016

Más que palabras (y II)


En mi gustosa relectura de los textos de este libro, y de los comentarios que ha suscitado, se ha asomado inevitable el recuerdo de El dardo en la palabra (1997) de Lázaro Carreter, un interesante testimonio del siglo pasado de otra manera de pulsar las palabras y de otro tipo de libro. Yo veo el de Álvarez de Miranda como el ejemplo de un nuevo tiempo en el que alejarse de la severidad no significa perder el rigor. El propio Lázaro habló de que sus dardos eran los de un «combate mensual contra la ignorancia y la necedad idiomática», algo que no suscribiría como principio de escritura de sus textos el académico Álvarez de Miranda, al que no me imagino calificando de «himalayesca memez» —Lázaro dixit— ninguno de los muchos solecismos que conocemos en la calle, la radio, los periódicos o los medios, en general. Si Lázaro Carreter nos daba a veces argumentos para defender con orgullo misoneísta la grandeza del idioma, en este nuevo siglo un discípulo avezado de los buenos gramáticos y, por ello, un maestro exquisito de esta lengua que hablamos, nos recuerda que «no era ni es para tanto» (pág. 18). La lectura de Más que palabras también me recuerda las veces que Pedro Álvarez de Miranda me bajó los humos puristas cuando yo manifesté alguna indignación por un mal uso de la lengua, y volvió a recordarme —como dice ahora en esta obra— que el hablante es un ser social, y que no valen numantinismos. Veánse algunas muestras de la actitud del catedrático de lengua española de la Universidad Autónoma de Madrid: «Las cosas de la lengua, por más que algunos se resistan a aceptarlo, son así» (pág. 226); «Puesto que estimo inconveniente alentar actitudes cismáticas, me abstengo de practicar la disidencia activa o de llamar a ella» (pág. 233); «Frente a la tópica percepción nostálgica de que el léxico se empobrece, forzoso es reconocer que, muy al contrario, el acervo léxico de una lengua se enriquece constantemente» (pág. 246). Me alegro por recordarlo ahora en la lectura que me ha acompañado este verano a un lugar tan significado como San Millán de la Cogolla. ¿Qué habría que responder con criterio al graciosillo que dice que si se dice médica o arquitecta habría que decir taxisto o electricisto? Todo el mundo emplea la expresión pasarlas moradas; ¿desde cuándo está documentada? ¿Tiene femenino verdugo? ¿Qué hacemos con los diptongos ortográficos? Las respuestas a estas preguntas las encuentra el lector en admirables y entretenidas instantáneas sobre aspectos de nuestra lengua. Sobre creaciones léxicas, sobre léxicos específicos, sobre lexicalizaciones, o, simplemente, sobre materias más excéntricas en relieves de erudición que son una gozada leer, como el que publicó en dos entregas de Rinconete en febrero de 2011, «Estugafotulés / estugofotulés, o El teléfono escacharrado», que tengo entre mis muchos artículos predilectos del libro, porque es un ejemplo rutilante de cómo se puede combinar la erudición en relieve con la amenidad a propósito de la transmisión filológica en las ediciones de nuestros clásicos. Más que palabras.

miércoles, agosto 17, 2016

Más que palabras (I)


Hace ya por los menos cinco cursos me llevé a clase del Máster de Secundaria un recorte de El País con un artículo titulado «El género no marcado», de Pedro Álvarez de Miranda, en el que intentaba desdramatizar en la polvareda que se levantó después del ponderado informe de la RAE elaborado por Ignacio Bosque sobre sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer tras el análisis de varias guías de lenguaje no sexista. En aquella aula en graderío había, como siempre, mayoría de mujeres, y todos los presentes se mostraron concordantes con la idea de que no podemos hablar y escribir haciendo siempre explícita la relación entre género y sexo. Del mismo modo, asintieron cuando llegué a este fragmento del artículo de Álvarez de Miranda: «Desdramaticemos las cosas. No es el masculino el único elemento no marcado del sistema gramatical. Igual que en español hay dos géneros (en otras lenguas hay más, o hay solo uno), hay también dos números, singular y plural (en otras hay más, o solo uno), y el singular es el número no marcado frente al plural. Así, del mismo modo que el masculino puede asumir la representación del femenino, el singular puede asumir la del plural. El enemigo significa, en realidad, 'los enemigos'. Sumando ambas posibilidades de representación puedo decir que el perro es el mejor amigo del hombre para significar, en realidad, esto: 'los perros y las perras son los mejores amigos y las mejores amigas de los hombres y las mujeres'. ¿Se entiende ahora un poquito mejor en qué consiste el mentado principio de economía?». Aquel artículo es ahora, de cuarenta y cinco, la decimoctava instantánea «sobre la vida privada de las palabras» —así las llama Manuel Seco en el prólogo— de este libro, Más que palabras (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2016), de Pedro Álvarez de Miranda, a quien siempre cito como ejemplo —también— de sabio académico de espíritu lingüístico tolerante por decir que «El error de hoy puede ser la norma de mañana». Es uno de esos libros que uno puede recomendar con la certeza de que gustará a todos los que tienen conciencia de la importancia de la lengua; no solo a los especialistas ni a los profesores. A todos. Gustará por la intención y el interés de lo que contiene; pero también por cómo muestra el carácter de su autor, su honestidad intelectual y buen gesto, como el que ocupa «Una errata funesta», una pieza en la que Álvarez de Miranda recuerda una consigna («lidiando con textos, mejor no te fíes ni de tu sombra») para confesar esa sensación de desaliento ante el quehacer de un filólogo cuando se nos escapan erratas y datos. Pero Más que palabras es, sobre todo, una brillante y amena compilación de colaboraciones de su autor en ese rincón diario que es la revista Rinconete del Centro Virtual Cervantes, en la que Pedro Álvarez de Miranda empezó a publicar en octubre de 2009 con el texto «Absolución», que es el que abre este volumen y que es toda una declaración de un experto que prefiere la elección a la imposición en las cosas del idioma.

lunes, agosto 15, 2016

El tiempo


Tras la conferencia de apertura de la anual convención internacional de los más tontos de cada país a una mujer se le ocurrió preguntar si todos eran conscientes de que la información sobre el tiempo es alienante. La moderadora de la mesa dijo que aquello no venía al caso y el orador añadió que sí, que del tiempo hay que hablar. Y se habló. La interpelante continuó y dijo que la información meteorológica, válida para los trabajadores aeroportuarios y agrícolas, de interés para turistas y no para viajeros, es alienante para el común y ha llegado a ser un modo de ejercer el poder del medio sobre la población. Ha logrado generar inquietud e incluso miedo; aunque lo más cotidiano es la sugestión de que la temperatura que haga a la sombra o al sol, la de toda la vida, sean más altas o más bajas que nunca. Las de hoy más altas que ayer y más bajas que mañana. Este fenómeno propicia preguntar a la gente cómo combate el frío y cómo se alivia del calor y que la gente responda que a la sombra o al brasero, que con una gorra o con un caldo calentito. En invierno se incrementa el gasto de calefacción y en verano el gasto de refrigeración. Y es noticia. Al final todos aplaudieron y el conferenciante volvió a dar las temperaturas del día por si no habían quedado claras y, con sonrisa beatífica —que a los tontos siempre les ha parecido una sonrisa de buten— solicitó al auditorio que lo comprobase en sus dispositivos electrónicos. La interpelante, contenta, se abanicaba.

viernes, agosto 12, 2016

Vicente Paredes


Ayer por la mañana pasé por la Biblioteca Pública de Cáceres para visitar tranquilamente la exposición «Vicente Paredes y el patrimonio cultural de Extremadura 1916-2016», que, con motivo del primer centenario de la muerte de este arquitecto, arqueólogo e investigador histórico, se inauguró el 29 de junio y que estará abierta hasta el día de San Miguel, el 29 de septiembre. Allí, solo, pensé en la razón de mi conocimiento de Vicente Paredes Guillén (Gargüera, 1840-Plasencia, 1916). Y el nombre me trajo a las mientes la palabra «legado». El «Legado Vicente Paredes» fue para mí antes que la persona. Esto dice mucho de ella. Me beneficié antes de lo que Vicente Paredes dejó, de sus libros, sus investigaciones, su afán por difundir el patrimonio extremeño, que del siempre provechoso saber sobre la biografía y trayectoria de un hombre con aquellas inquietudes culturales. Es verdad, tengo asociados a la etiqueta «Legado Vicente Paredes» algunos de los tesoros que alberga la Biblioteca Pública «Antonio Rodríguez-Moñino/María Brey» de mi ciudad. Un legado que hay que ampliar a otras instituciones como el Museo Arqueológico de Cáceres o el Archivo Provincial y que hay que reconocer que magnifica la justificación de un agradecimiento de los cacereños a la preservación de su historia. Una manera de expresar ese agradecimiento o de comprender los motivos del mismo es pasarse por esta modesta exposición muy bien montada, que muestra los lados principales de la trayectoria intelectual de Paredes en cuatro secciones: 1. Una vida dedicada al estudio. 2. Arquitectura proyectada. Obra realizada. 3. Arqueología. De la afición al compromiso. 4. Afanosa curiosidad... La selección de la documentación es precisa y no apabulla, igual que el relato que enmarca cada una de las partes. Del precioso manuscrito con la traducción de Lázaro de Velasco de Los Diez Libros de Arquitectura de Vitruvio a proyectos arquitectónicos nunca vistos en papel; de apuntes de campo arqueológicos, folletos o libros a algún ejemplo de la Revista de Extremadura que él contribuyó a fundar. Se aprecia que esta exposición ha sido responsabilidad de personas que no solo saben lo que hacen, sino que sienten una amorosa inclinación hacia el legado de Vicente Paredes. Un comité científico que cubre con solvencia las áreas principales del interés cultural del gargüereño y compuesto por un arquitecto, Miguel Hurtado Urrutia, dos arqueólogos, Enrique Cerrillo Martín de Cáceres y Enrique Cerrillo Cuenca, y una historiadora y bibliógrafa como Mercedes Pulido Cordero; la autora del estudio biográfico Vicente Paredes y Guillén (Cáceres, I. C. El Brocense, 2006), la historiadora Montaña Domínguez Carrero, y un estudioso del patrimonio arqueológico extremeño como Carlos Marín Hernández, son los comisarios de la exposición, que ha sido coordinada desde la casa, desde la Biblioteca Pública «Antonio Rodríguez-Moñino/María Brey» —qué digno espacio—, por Mª Jesús Santiago Fernández y José Luis Lázaro Regidor. Merece una visita. O varias, si hay que enseñársela a los amigos, a la familia. O a la afición en general.

martes, agosto 09, 2016

Tiene que llover


Sigue siendo necesario. Tiene que llover.

domingo, agosto 07, 2016

Por Euskadi y La Rioja (I)


Ni rastro de Bergamín en Hondarribia. Tan agria fue su relación con aquella España de aquella restauración democrática que aún estamos construyendo, que el fundador de Cruz y Raya quiso acabar sus días en la entonces Fuenterrabía para no dar sus huesos a tierra española. Es verdad que no fuimos al cementerio, aunque pasamos por sus afueras sin quererlo cuando buscábamos una salida por sitios no transitados de la transitable Hondarribia. Y también es verdad que no nos topamos con nada que recordase al poeta Bergamín allí. Tampoco me dijeron nada en una librería de Víctor Hugo y sus notas de viaje por la zona. Sí, hay un colegio público que lleva el nombre de José Bergamín. En Madrid. Sin embargo, al ingeniero y proyectista guipuzcoano Ramón Iribarren (1900-1967) nos lo encontrábamos todos los días en el paseo que luce su busto y lleva su nombre hasta la playa, hecha por él. Hondarribia es una ciudad preciosa a la que hay que volver. Ojalá al pisito de Ana, en la céntrica Nagusi Kalea, la calle Mayor, donde escuchamos a una banda tocar el «Okendori» en la «Kutxa Entrega», una tradición de pescadores con siglos de historia y de la que desconocíamos todo. La gente aplaudía a Naiara Zubillaga, la portadora de la caja, a quien vimos, sorprendidos, salir de la iglesia de nuestra calle. Ni rastro —igual— de Gustavo Bueno en Santo Domingo de la Calzada. Ha muerto hoy y he recordado que era calceatense y que la Universidad de La Rioja ha venido dedicando durante años un curso de filosofía por su nombre. Entre los paseos, las comidas, los pintxos, las cañas sin unas olivillas o unas patatillas fritas, y el disfrute de una ciudad y otra, nos hemos olvidado un poco de la historia. La pasada y la reciente.